Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.

Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.


Tierra

El Viento.

Luego de varias reuniones en cafetines de la ciudad, finalmente nos pusimos de acuerdo y decidimos que nos iríamos a pasear a la selva, a Santa María y los pueblos aledaños, para caminar, comer bien, conocer la zona, en si, para realizar un gran viaje de aventuras.

Partimos a las siete de la mañana de un buen día lunes, con rumbo al valle. En el camino, envés de viajar tranquilamente tratando de dormir, decidimos armar semejante alboroto; así que instalamos un equipo de música, compramos cuatro vinos tintos y bastantes bocadillos. Así que alborotamos a todos los pasajeros, quienes lo toleraron de buen agrado. De esta manera, entre reír, cantar, escuchar música y tomar vino, llegamos al pueblo de Santa María, pueblo de la selva de Cusco, cercano a Quillabamba.

Bajamos en una punto de la carretera y caminamos en medio de la selva en busca del pueblo, al llegar instalamos nuestras cosas en la vivienda del gran amigo Juan. Ya bastante entrada la tarde fuimos a la parte moderna del pueblo, a buscar un buen almuerzo. Entramos a un restaurante y pedimos de todo, yo pedí un gran plato de pescado frito y los demás lo que les gustaba. Mientras esperábamos, nos la pasamos haciendo chistes y piropeando a la muchacha azafata, quien era una chiquilla selvática bastante agraciada.

Por la noche, luego de la cena, decidimos mudarnos a un hotel de la parte moderna del pueblo, pues aunque en la vivienda del amigo Juan no pagaríamos nada, realmente la pasaríamos mejor en un hotel, así que sin pensarlo y lo más rápido que pudimos mudamos nuestras cosas al hotel. Luego de descansar un buen rato, justo cuando todos pensaban en dormir, luego del agitado día, decidí ir a la discoteca del pueblo y me fui solo. Total, si los demás querían dormir, no me iba a perjudicar. Así que me instalé cómodamente en una pequeña discoteca de la plazoleta principal, y sin demora fui rodeado de todo tipo de parroquianos locales y amigas de la noche, con quienes bailé y me divertí, conversamos y nos alegramos de lo lindo. La diversión terminó a eso de las tres de la madrugada, en mi habitación del hotel.

***

Al día siguiente, desperté como a las ocho de la mañana, verdaderamente cansado por haberme divertido tanto el día anterior. Pero, en realidad estaba muy animado a tener otro día de aventuras. Luego de bañarme salí al pueblo y directamente me encontré con mis amigos, quienes me esperaban en uno de los restaurantes para tomar un gran, pero gran desayuno, consistente esta vez, en lomo saltado, café y una ensalada de palta y vegetales de la zona, más un gran vaso de jugo mixto. ¡Qué delicia amigos lectores! El desayuno nos reconfortó, mientras reíamos y nos divertíamos analizando las aventuras del día anterior. En el desayuno me enteré que mis amigos también habían salido, pero ellos habían decidido ir a otra discoteca. Bueno, lo cierto es que todos la pasamos bastante bien aquella noche y estuvimos muy bien acompañados.

El plan para la mañana estaba trazado, no había que discutir nada, así que rápidamente fuimos al hotel a sacar nuestra ropa de baño y otros insumos. El automóvil nos esperaba, así que nos embarcamos rumbo a los baños termales del pueblo vecino de Santa Teresa. Durante los cincuenta minutos que duró el viaje me dediqué a observar la espesura e inmensidad de la selva y la grandeza de las montañas, vimos bandadas de loros y otras aves, el río cargado de agua y piedras, la tupida y verde vegetación, y por supuesto, a algunos monos, mariposas y otros animales.

Me habían dicho que los baños termales del pueblo de Santa Teresa eran magníficos, medicinales y vivificantes. Pensé que había alguna poza de piedra junto a la emanación natural de agua caliente, pero al llegar, grande y satisfactoria fue mi sorpresa. Había un grande y magnífico albergue lleno de comodidades, el cual incluía tres grandes piscinas con caídas de agua y todo eso, para bañarse y disfrutar de las aguas termales. ¡Magnífico! Tomamos unas grandes perezosas y junto a las piscinas nos instalamos. Luego nos metimos a las piscinas calientes de las cuales no quisimos salir durante horas. Ordenamos unas cervezas bien heladas para ir calmando la sed mientras tomábamos los baños. Hora tras hora permanecimos remojando y nadando en las aguas termales, gozando magníficamente de sus efectos positivos para la salud mental y física.

Ya en la tarde, cuando nos encontramos completamente laxados y satisfechos, dejamos el magnífico albergue y regresamos a Santa María. Nos esperaba el restaurante, donde habíamos ordenado un magnífico preparado de peces del río.

La cena se prolongó por un par de horas, pues luego de comer magníficamente, ordenamos unas cuantas cervezas mientras escuchábamos música y conversábamos del sentido de la vida. La pregunta que animó nuestra conversación fue: “¿Cuál es el sentido de la vida?” Muchas opiniones fueron vertidas, pero la conclusión fue una, directa, fría, pero real. Llegamos a la conclusión que el sentido de la vida es… simplemente, vivir, de la manera en que cada uno elija. Bien por los que decidieron perseguir sus ideales sin desmayo y aforrándose a ellos con uñas y dientes, también por los que decidieron vivir sus vidas a través de sus hijos haciendo todos los esfuerzos por hacer de ellos hombres de bien; también por los que decidieron vivir la vida de vagos y hedonistas gozando tanto como sea posible. Todas las posibilidades son respetables. Cada uno tiene la libertad de decidir qué hacer con la vida que Dios le dio, pero todos invariablemente tenemos el reto de seguir adelante. Vivir es el sentido que le hallamos a la vida aquella noche.

Luego de largo conversar, nos arremetió el sueño y cansancio, así que nos fuimos a dormir tranquilamente durante largas horas, procurando descansar tanto como fuera posible, para iniciar al día siguiente un nuevo día de aventuras.

Juan nos despertó muy temprano, a las seis y veinte de la mañana. “¡Ya vagos! Se levantan ya, tenemos que iniciar la caminata bien temprano si queremos llegar a la conjunción del río”.

Nos levantamos y aprovisionamos de fruta y algo de agua para la caminata. Luego de tomar un riquísimo desayuno consistente en un guiso de sajino acompañado con yuca y un cargado café, iniciamos la larga caminata. Primero seguimos el sendero de la carretera, caminamos unos tres o cuatro kilómetros observando la selva, hasta que ingresamos a la orilla del río, por la cual avanzamos unos tres kilómetros más, hasta que llegamos a un remanso en la orilla del tormentoso río Alto Urubamba. Nos acomodamos allí para conversar, comer fruta, darnos unos chapuzones y filosofar. Esta vez el sentido de nuestra sesión de filosofía fueron los amigos, los hermanos, la familia, la sociedad.

Mientras hablábamos emitiendo nuestras opiniones sobre tan controvertidos e importantes temas, nos dimos cuenta que el río nos refrescaba permanentemente con una brisa fresca que nos ayudó a soportar el calor tropical de la zona. La brisa se llevó todos nuestros pensamientos, cada tema analizado, cada frase emitida fue rápidamente llevada por el viento. Mientras permanecíamos en la orilla, sentados en las grandes piedras, remojando los pies en el agua, conversando y filosofando, me di cuenta de la verdad y vigencia de la frase: “A las palabras se las lleva el viento…” Hablamos hasta por los codos, pero, todas nuestras palabras se las llevó el viento. Realmente, durante aquella mañana no tuvimos perturbación alguna, por nada; las deudas, el trabajo, los problemas de la ciudad, los chismes de las viejas, desparecieron y sólo tuvimos tranquilidad y paz mientras comíamos, mangos, naranjas, plátanos y pan. ¡Era posible observar cómo el viento se llevó nuestros pensamientos formados por imágenes y palabras! Realmente se perdieron en el laberinto del río.

Ya en la tarde caminamos de regreso, siguiendo el lecho del río, hasta que llegamos a una gran acumulación de piedras por la cual el río ingresaba formando un pequeño pozo, al cual ingresaban las aguas con gran fuerza. Nos bañamos en agua helada, pero nos cayó muy bien, pues estábamos quemándonos por el sol y el ejercicio. Mientras nos bañábamos nos reíamos, hablando mal de las mujeres y observando el armónico y organizado vuelo de los gallinazos, la frondosidad de las montañas y la bondad divina expresada en lo maravilloso del río.

Luego de un largo y reconfortante baño, regresamos a Santa María, caminando por el lecho del río. Mientras caminaba tenía en cuenta el peligro que corría de caerme en las piedras de la orilla, me di cuenta que esas piedras habían sido botadas por el río en sus muchos años de recorrer su cauce, las piedras grandes y pequeñas se acumulaban en las orillas del río y lo adornaban, mientras que el río seguía corriendo por su cauce en busca de su destino. Me di cuenta de lo fútil y absurdo que sería dejarse detener por las piedras del río, uno no debe detenerse, ni dejarse derribar por ellas, porque entonces se quedaría allí, estático.

Entonces, mientras caminaba junto a mis amigos sorteando las piedras, me conecté mentalmente con el río y comprendí una gran lección: El río es como la vida que corre hacia su destino, siempre con agua nueva, sin detenerse por las piedras, las bota a la orilla, las convierte en arena, las esquiva y moja. Las piedras son como los problemas, grandes y pequeños que adornan la vida del hombre. Cuanto más grandes son, más majestuoso es el río. Los problemas son las piedras que adornan nuestra vida, hay que dejarlas de lado, no podemos detenernos, hay que seguir viviendo, hay que seguir llevando el agua de nuestro espíritu hacia su destino, el gran mar de la vida.

Volvimos a Santa María antes del anochecer. Almorzamos algo suculento y luego nos invadió una suerte de nostalgia, de tristeza y depresión, fue una sensación que siempre invade a los viajeros antes de regresar. Para pasar el tiempo y mitigar tal sensación nos sentamos en las bancas de uno de los restaurantillos, y nos dedicamos a observar a la gente que pasaba y repasaba. Mientras tanto tomábamos unas cuantas cervezas. Estuvimos allí hasta cierta hora de la noche, observando a la gente, riendo de las ocurrencias de cada quien, conversando sobre las anécdotas de cada uno, así, con el pasar de los minutos, la nostalgia se nos quitó y nos sentimos agradecidos y felices de haber pasado unos días tan fabulosos.

Cansados y abotagados nos fuimos a dormir; y aunque el calor era intenso y la molestia de los moscos incesante, logré dormir profundamente hasta las 6:30 de la mañana siguiente.

Al día siguiente, nos levantamos y salimos a tomar el desayuno, que en esta ocasión fue algo ligero, café con un emparedado de palta. Luego salimos a la plazoleta del pueblo a esperar la llegada del bus. Mientras llegaba aproveché el tiempo para comprar frutas y paltas para mi madre. Luego de llenar un cajón de madera con las deliciosas frutas de la selva y las verdes paltas, estuve conversando un rato más hasta que llegó el bus.

Nos embarcamos y luego de un viaje de cuatro horas, estábamos nuevamente en Cusco. En el Terminal sacamos nuestras cosas y nos despedimos prometiendo vernos próximamente y repetir el viaje. Tomé un taxi y en unos minutos ya estaba en casa, completamente cansado, picado por los moscos, sucio y agotado. Dejé mis cosas y me di un refrescante baño. Luego cené escuchando música y me acosté. No tarde en quedarme completamente dormido.

Al día siguiente me levanté temprano para reiniciar mis actividades laborales y visitar a mi madre para llevarle las frutas. Mientras caminaba hacia la casa de mi madre pensé en mi vida y recordé la vitalidad, las piedras y el viento del río. Entonces supe que a las palabras se las lleva el viento, que los problemas pasan y quedan en nuestras vidas como decoración de nuestro recorrido. Sin piedras en el camino no habría vitalidad en nuestra existencia, sería monótona y sin sentido. Sin el viento purificador que todo lo limpia, que acaba con los malos recuerdos, toda la vida sería un lugar tóxico lleno de rencores.

Llegue a la casa de mi madre y mientras tocaba el timbre para ingresar, supe que todo iría bien, que el destino tenía grandes aventuras y proyectos para mí. Me sentí feliz.

FIN.
David Concha Romaña
2010


Fotografia en: www.allcuscoperu.com

Galería Virtual