Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.

Literatura y arte

desde el centro

del Mundo.


Líbero

Cristo Latino.

Un buen día me mudé a vivir en un barrio alejado del centro. El barrio era tranquilo, apacible, ecológico y barato, lleno de gente de todo tipo, sobre todo de provincianos. Estos vecinos resultaron siendo personas simples y sin complicaciones, más felices de lo que uno podría imaginar. El único neurótico del barrio era yo.

Poco a poco fui introduciéndome en la cultura y costumbres de mis nuevos vecinos, el hecho de ir a la tienda a comprar el pan y los alimentos, fue el primer paso para integrarme. Pocas semanas después de mi llegada, vinieron a visitarme algunas señoras para invitarme a las parrilladas de los fines de semana. Acepté. ¡Claro que acepté queridos lectores! Cómo me hubiera negado a tan gentil invitación. Además, en estos barrios es una obligación participar en las actividades.

Los domingos eran días felices, no como en la ciudad, donde los domingos son días tediosos y deprimentes, pues la soledad existencial no deja vivir. En el barrio había mucha vida. La actividad del barrio comenzaba más o menos a las seis de la mañana, cuando los borrachos regresaban a casa, vociferando palabrotas, cantando o simplemente despotricando contra sus problemas. Esta situación me divertía mucho. Más tarde, como a las nueve de la mañana, la mayor parte de los vecinos participaban de reuniones religiosas que organizaban una serie de predicadores desconocidos. -Perdónenme, no quiero criticar estas situaciones, pero la verdad es que llegaban al barrio todo tipo de vivos que llenaban la cabeza de los vecinos de ilusiones y culpas, les vendían amuletos, les engañaban, les sacaban dinero y hasta se aprovechaban de las chicas-.

Me molestó muchísimo que estos falsos profetas se aprovechen de tal manera maliciosa e interesada de la buena fe de la gente. No sé por qué motivo sentí que debía hacer algo por esas personas. Pero. ¿Qué podría hacer yo, un sujeto que abandonó la iglesia hace más de dos décadas y que desde entonces no volvió a una reunión? Si sólo era un alejado miembro de una iglesia protestante. ¿Con qué autoridad moral podría desenmascarar a los falsos profetas? Talvez no eran falsos y yo estaba equivocado.

Por favor, ocurrírseme una cuestión así a esas alturas de mi vida y en las difíciles circunstancias en que me encontraba. Estaba viviendo solo, en una situación laboral bastante cuestionable, -para no tener que decir que estaba desempleado-, mis empresas estaban técnicamente quebradas. ¿Mi mujer? Se fue por el aburrimiento de vivir con un loco alucinado como yo. ¿Mis amigos? Ahí estaban los pocos gallos que me quedaban, pero; ustedes saben que los amigos sirven para conversar, divertirse y esas cosas, los amigos no te arreglan la vida. Con mi situación en tales circunstancias, lo menos que podía hacer es pensar en corregirle la vida a la gente. Pasaron varias semanas y yo seguía viendo impasible la manera en que los predicadores comerciantes hacían su negocio con los inocentes vecinos, todos los domingos.

Una noche en que hubo una fogata, me reuní con los vecinos. Hablamos animadamente durante horas sobre muchos temas, entre ellos, les hablé del Cristianismo, les pregunté cual era su objetivo religioso, por qué asistían a las arengas de los predicadores. Todos me contestaron que se consideraban gente luchadora y llena de esperanzas en mejorar, tenían grandes deseos de lograr algo mejor para ellos y sus hijos. Necesitaban una religión a la altura de su vida, de sus problemas, una religiosidad que refleje su quehacer cotidiano. No les interesaba el Vaticano ni los curas, ni los protestantes gringos, ni los predicadores extranjeros; querían una religiosidad a la peruana. Uno de los vecinos lo resumió con gran elocuencia: “Doctorcito, la verdad es que necesitamos un Cristo que sea como nosotros, que entienda nuestros problemas. ¡Queremos un Cristo Latino!” Sí. ¡Sí amigos! Un Cristo Latino era lo que ellos necesitaban y también yo lo necesitaba. ¡Queríamos tener un Dios que nos comprenda!

Esa noche, luego de conversar con los padres del barrio, me largué a bailar al centro, la verdad es que estaba amargo, necesitaba salir y desahogarme. Estuve divirtiéndome durante horas, hasta que llegó el amanecer y tuve que volver a casa, otra vez a casa, otra vez a mis problemas, a mi vida. Llegando, despotriqué un par de frases contra el gobierno, otras tantas contra el loco Bush, y otras tantas contra el sistema. ¿Quién me haría caso? Nadie lectores, nadie, sólo me sirvieron para desahogarme. Si Cristo Latino existiera, talvez se acordaría de nosotros.

Dormí agotado y borracho, hasta las once de la mañana, hora en la que me levanté para tomar un baño y salir a almorzar. Durante el almuerzo estuve pensando en la situación del barrio, en la necesidad de un Dios cercano a la realidad del pueblo, de un Dios sencillo, comprensivo, amigo del hombre tal como es: pecador, errático y apasionado. El barrio quería un Dios amigo, un amigo del pueblo.

***

Decidí que era momento de hacer algo bueno por el barrio. Tomé una gran plancha de triplay y la llevé al pintor de autos de la esquina y le dije:

-Negrito. Píntate un cartelito para el barrio. Para la reunión del domingo.
-Claro Jefe, claro, qué quiere que pinte.
-Unas letras muchacho, el cartel tiene que decir: “Cristo Latino”; y si quieres puedes dibujar a Cristo, como tú lo entiendas, y si le dibujas con traje de peruano, mejor, mucho mejor.
-Lo haré Doc. Venga mañana a las cinco. ¡Ah! tiene que darme unas diez luquitas para el barniz.
-Claro negrito, toma…

Dos días después, por la tarde, acomodé el garaje con tantas silletas como pude, improvisé un atrio para hablar, coloqué mi equipo de sonido y finalmente, coloqué en la puerta el cartel de triplay que decía: “Cristo Latino”. Mi amigo, el negrito pintor había pintado un rostro de Cristo, pero no era un Cristo extranjero, tenía rasgos andinos, era peruano, era el Cristo Latino que nos hacía falta.

Llegó el domingo. Mientras desayunaba pensaba una y otra vez: “¿Para qué demonios me meto en estos problemas?” Pero ya tenía el garaje listo, el cartelón, los parlantes y hasta la música. No podía echarme para atrás. Revisé una vez más mis motivaciones, lo que realmente quería era darles a los vecinos la oportunidad de practicar un cristianismo sano, propio de ellos, quería que construyeran su propia imagen de Cristo.

Pero; ¿Acaso yo podría decir que era un buen cristiano? ¿Con qué autoridad moral les hablaría de Dios y del Cristianismo, si ya llevaba como veinte años alejado de la vida religiosa? No importaba, era necesario. Así que terminé rápidamente el desayuno y coloqué música cristiana de Roberto Carlos.

Cerca de las nueve de la mañana entraron unos jóvenes, luego unas señoras con niños, luego sus esposos, hasta que rápidamente el ambiente se llenó. En cierto momento, cuando ya no podíamos esperar más, apagué la música y comencé la reunión, el encuentro, pues no podía decir que eso era una misa, o un culto, no lo era, tampoco yo era un religioso, sólo era un vecino comedido y preocupado por la situación de la gente del barrio.

Saludé a todos y les dije: “Amigos esto no es una misa, es una reunión, estamos aquí para cantar, para leer la Biblia si así lo desean, para compartir nuestras experiencias, para ayudarnos. Estamos aquí para pedirle a Dios que nos ayude, que sea como nosotros, que nos comprenda y que nos acompañe en medio de nuestros problemas”.

Finalmente, la reunión se desarrolló permitiendo a todos participar, alguno por allí se paró y pidió cantar, y cantamos a viva voz, dos, tres canciones cristianas. Luego alguien habló de sus problemas y luego otro más. Antes de dar por finalizada la reunión les dije: “Amigos y hermanos, no sé que es esto, no sé si es una misa o qué, pero siento un gran amor presente aquí entre nosotros, siento que es algo bueno. Antes de marcharnos, leeremos algo de la Biblia, estoy seguro de que hallaremos algo que nos confirme que Dios nos quiere, que es como nosotros, que es como ustedes lo esperan, un Cristo Latino”.

Nervioso por lo que leería, tomé la Biblia y la abrí al azar en el libro de Juan y leí lo siguiente: "Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado a nosotros en su plenitud”.

Al finalizar, muchos de los vecinos se acercaron para preguntarme muchas cosas, algunos me estaban llamando “Pastor”, “Hermano”, etc. Tanto que algunos pensaron que estaba inaugurando una nueva iglesia.

Me quedé un momento conversando con unos padres de familia y les dije: “No puedo dirigir a este grupo, no tengo nada preparado, me iré en unas semanas, la iglesia es de ustedes, llévenla con unión, les dejaré todo, les pertenece”.

Tomé la Biblia y se las di. Ingresé a mi domicilio y tuve la convicción de que esa reunión había sido algo bueno, pero yo no podía hacerme cargo, ellos tendrían que llevar la iglesia. En su unión, en su fe primaria sin elaboraciones, en su buena voluntad y en su inocencia, estaba su fuerza. Luego de esa reunión, me sentí más cerca de Dios, comprendí que él está tan cercano a nosotros como el aire puro que abunda en ese barrio.

FIN.
David Concha Romaña
2007


“Floral". Carolina De Rossi. Perú.

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