Colección Musical

EL VIENTO Y LA VIDA

El Troglodita.

Aquella mañana me levanté con las primeras luces del sol y afanado fui al río a lanzar la red para pescar. Era necesario, pues hoy llegaría hasta donde nos encontrábamos una misión de ayuda. Talvez vendrían a recogernos o talvez sólo a dejar ayuda, de cualquier modo, quería recibirlos con una invitación. Nos enteramos de su llegada mediante el último radio comunicador de onda corta que nos quedaba. Nos comunicaron que nos habían localizado y que venían por nosotros. Al parecer en la ciudad las cosas se estaban componiendo. Pues bien, llegando al río lancé la red y me senté tranquilo a esperar. Me senté en la orilla, me puse a pensar y hacerme preguntas y más preguntas: “¿Cómo demonios llegamos a esta situación? ¿Podríamos volver o sería mejor que nos quedemos? ¿La misión de rescate era tal o se trataba de un grupo de pillos?”. Recordé como sucedieron los acontecimientos, unos cinco años atrás.

Luego del gran desastre, no quedó casi nada del mundo moderno. Algunos de los sobrevivientes rumoreaban que habían quedado asentamientos urbanos en el norte del país y que allá por Europa aún permanecían intactas algunas ciudades. Sin embargo, no había teléfono, ni internet, ni celulares, nada. Casi todo quedó destruido. La mayor parte de los sobrevivientes habían perdido a toda su familia o a gran parte de ella.

Yo permanecí junto a algunos sobrevivientes, viviendo precariamente entre los escombros de lo que fue el moderno edificio donde tenía mi confortable departamento. Mis familiares sobrevivientes prefirieron refugiarse en la casa familiar, de la cual quedó el terreno y unas habitaciones semiderruidas.

Durante las semanas posteriores al desastre, me pasaba el día acudiendo a los heridos y trasladando a los muertos a fosas comunes. ¡Fue un desastre gigantesco! El impacto del meteoro gigantesco que chocó contra la Tierra, allá en el territorio ruso, movió el eje de la tierra de manera brutal, produjo terremotos que destruyeron el 95% del planeta. El polvo enturbió la atmósfera durante meses. Murieron miles de millones, fue un desastre brutal. Todas las ciudades se convirtieron en cementerios. Por las tardes, completamente agotado, me acercaba a alguna de las ollas comunes que formaron los ciudadanos sobrevivientes para comer cualquier cosa que había. La verdad es que la imaginación culinaria pudo mucho durante estos días, hasta podría decir que saboreé algunos ricos platillos en medio del desastre.

Por la noche volvía a los escombros de mi edificio para refugiarme en la suerte de habitación que armé en un rincón, allí logré armar una cama relativamente cómoda y unos cuantos cajones de cartón, piezas de roperos y muebles rotos. Luego de dormir un rato algunos habitantes me llamaban y yo salía a calentarme en una de esas fogatas y tomar alguna botella de pisco o ron que algún vecino consiguió allá en medio de los escombros, alguno conseguía cigarrillos y así se armaba una gran conversación al calor del fuego de la fogata y de la amistad desinteresada. ¡Fue algo realmente magnífico queridos lectores! Durante esos días no hubo interés por el dinero, todos compartieron lo que encontraron, todos dependíamos unos de otros.

Durante las primeras semanas alimenté la idea de reconstruir la ciudad, ya la gente se comenzaba a organizar para reconstruir la ciudad y restablecer el sistema. Hasta alguien se animó a instalar una señal de radio y hacerla funcionar con las baterías de los automóviles colapsados. “Lo reconstruiremos todo, volveremos a ser ciudadanos, volveremos a vivir en la confortable economía de mercado de la que gozaba el Perú. Volveré a instalar mi estudio, reconstruiré mi vida” -Pensaba una y otra vez- Con el paso de las semanas el gobierno se reinstaló con lo que quedó de la corrupta clase política. Trataron de reconstruir el sistema poco a poco. Se organizó a las fuerzas armadas con los residuos y los valientes o interesados que se anotaron. Al principio sirvió de poco, pero bueno, supongo que era cuestión de tiempo, varios años talvez.

Luego de un par de meses, la ciudad se convirtió en un terrible escenario de egoísmo y autodefensa, la solidaridad inicial fue reemplazada por rencor, enojo y conductas salvajes. Los comerciantes se iniciaron en el sucio juego del trueque, la sociedad se reinstaló, pero cien veces más precariamente que antes. ¡Cuánto extrañé el estado de derecho que teníamos antes! Aunque era precario e imperfecto funcionaba más o menos bien. Los ciudadanos instalaron un sistema policiaco para darle cierto orden a la sociedad. En este estado de cosas las cosas se pusieron feas, los hombres se tornaron instintivos, primitivos y animalescos. Las peleas y los abusos eran asunto de todos los días. Fue terrible. Aun así, la reconstrucción estaba en camino. Tarde o temprano la sociedad quedaría restablecida. Sin embargo, yo tenía la certeza que esta nueva sociedad sería mucho peor que la anterior. Lo mismo estaba sucediendo en todo el orbe. El meteorito que nos cayó en el territorio ruso acabó con casi todo. Los cristianos se aprovecharon para decir que era el fin del mundo, que el meteoro que cayó era el temido y esperado “Ajenjo”. Los esotéricos afirmaron que era “Hercólubus”. En fin, cada quien tenía su propia teoría que a fin de cuentas no nos ayudaba casi en nada.

Luego de un tiempo, “CNN” y muchas señales de radio, televisión e internet reiniciaron sus transmisiones de una manera realmente precaria. En el Perú volvieron parcialmente a la vida “RPP” y “Exitosa” y hasta se dieron el lujo de transmitir música. Lo único de bueno fue que se hizo “sin tandas comerciales”. A través de estos medios nos enterábamos de algunas novedades. Los ciudadanos veíamos la TV en ciertos lugares donde había sido posible instalar un terminal de transmisiones. Había demasiado comentario, muchos ciudadanos cayeron en la locura y la desesperación, se dedicaron al pillaje y el alcoholismo. Fue lamentable.

La Universidad “San Antonio Abad del Cusco” decidió reiniciar sus actividades luego de tres meses. Quienes éramos docentes asistimos voluntariamente y sin sueldo a impartir clases a cualquier ciudadano que quisiera participar. Nuestro salario era algo de comer, prendas de vestir, o lo que fuera.

A los pocos días hubo quienes reinstalaron algunos sistemas con baterías y otros sistemas. Quedé completamente convencido durante este proceso que el ser humano es un ser magnífico, casi indestructible, que su capacidad para reconstruir sus colonias es casi ilimitada, pero también me convencí que es un bicho maligno, una alimaña indeseable y antiecológica, lleno de tendencias malignas, con un instinto de sobrevivencia increíble. Antes creía que los seres más duros de destruir eran las ratas, las cucarachas o los cocodrilos, luego de ver lo que vi casi estoy convencido de que el ser más duro en la creación es el ser humano. Así es queridos lectores, a estas conclusiones llegué.

Día tras día se hacía más difícil la vida. Uno tenía que defenderse en grupos, caminar armado y sobrevivir en medio de un mundo lleno de peligros.

***

Abandoné los escombros de mi edificio y me fui con mi familia y algunos amigos que se habían asentado en lo que fue nuestra gran casa familiar. Lo que me mantuvo las primeras semanas junto a los escombros de lo que fue mi departamento fue el deseo, el apego a aquel departamento que tanto sacrificio me había costado, todo lo que hice para pagarlo. Era el deseo de no perderlo, pero estaba perdido, no sólo el departamento, sino todo, toda mi vida urbana donde fui feliz a mi manera, el rol de muchacho loco y rebelde de la ciudad me gustó mucho, pero sólo son recuerdos. Me fui a la casa de la familia sin llevar nada, apenas unos cuantos utensilios y una carreta de frazadas, ropa y esas cosas para vivir de alguna manera.

Al llegar a la casa familiar fui recibido con júbilo y alegría, pues yo en mi condición de varón adulto y sabido podía, aportar, defender, ayudar y ser un apoyo para mi familia. Aunque la casa se cayó, en lo que quedaba de la construcción nos acomodamos bastante bien, seguía siendo la casa de la familia, aunque ya no estaban todos, la familia estaba allí, ese era mi lugar.

Mientras la ciudad se reconstruía, nuestra vida se convirtió en una lucha primitiva por la supervivencia y la seguridad. Ya no teníamos felicidad ni unión ni nada, sólo temor e infelicidad. La lucha por el agua fue terrible, tuvimos que cavar un gran foso del cual sacábamos agua, en muchas ocasiones contaminada.

Un buen día la vida se puso tan difícil que llegué a creer que una de esas noches, las bandas de ladrones y salvajes que se habían formado en la ciudad, vendrían a quitarnos todo y hasta a lastimarnos o matarnos. Convoqué a una reunión familiar. Con los parientes y amigos que se unieron a nuestra pequeña colonia, hacíamos un total de 20 personas en diferentes condiciones, algunos habían quedado muy lastimados por el desastre y algunos también estaban muy afectados mentalmente. Les expuse la situación, les dije que nos lastimarían o nos matarían en cualquier momento, los convencí que había llegado el momento de salir, de ir a vivir en un lugar ignoto de la naturaleza, cerca de un río o un lago para garantizar los recursos. Después de largas horas de conversar, todos llegaron al acuerdo de que era cierto, se hacía necesario e inevitable salir del infierno en que se convirtió la ciudad.

Durante semanas adaptamos un vehículo adecuado para nuestra salida. Conseguimos un bus con la capacidad suficiente para personas y pertrechos. Lo implementamos como si fuera el bus del fin del mundo, lo protegimos y armamos como mejor fue posible. Mientras avanzaba el proceso yo recordaba la película “Mad Max” que tantas veces vi. Finalmente, al cabo de dos o tres meses quedó listo. Con la coordinación debida partimos una noche con rumbo a la selva, camino a Quillabamba. La pista aún existía, destruida terriblemente, pero aún se podía transitar por ella con un vehículo tan fuerte y protegido como el nuestro. No había que pedir ningún permiso ni solicitar ayuda a nadie. La autoridad existente sólo era un ente sospechoso e ineficiente. Nos abastecimos de alimentos, agua, combustible, armas y otros pertrechos en los diferentes mercados negros de la ciudad. Nadie dijo nada, pues cualquier sospecha hubiera llamado la atención de las hordas circulantes. La ciudad comenzó a parecerse mucho a una ciudad de zombis agresivos. Cada día que pasaba se hacía más urgente que nos fuéramos. Mucha gente lo estaba haciendo, algunos con éxito, otros no.

Llegó la noche del 23 de junio, día en el cual, en los tiempos normales los cusqueños festejaban a todo dar la fiesta del Sol y de la ciudad. Pese a la destrucción, este año también muchos cusqueños se reunieron en lo que quedaba de la Plaza de Armas de Cusco. Armaron una ruidosa borrachera, desordenada y peligrosa. Esa fue la noche perfecta, para que, aprovechando el jolgorio popular, nos fuéramos de la ciudad. A las 5 de la tarde partimos en nuestro potente y protegido bus hacia Quillabamba. No hubo altercados mayores, salvo algunos piedrazos y gritos de personas que deseaban ayuda o que los llevemos. Repelimos con nuestras armas a uno que otro grupo de salvajes que buscaban recursos. No escuchamos ningún pedido, repelimos los ataques con disparos de los fusiles del ejército peruano que habíamos conseguido en el mercado negro. Seguimos sin mirar atrás, circulando por un camino lleno de peligros. Para las ocho de la noche ya estábamos fuera del marco urbano avanzando por lo que fue la vía. Se veía muy poca gente, una que otra fogata. Hubo uno que otro ataque al bus por parte de los salvajes en que se habían convertido los campesinos.

Ya muy entrada la noche nos detuvimos en un lugar muy apartado. Cubrimos el bus con ramas de árboles para camuflarnos. Preparamos café y algo de cenar. Conversamos de nuestros temores, pero también nos consoló la idea de que talvez, si nada nos sucedía, podríamos iniciar una nueva vida en un lugar natural, alejado de la maligna ciudad, del infierno en que se había convertido. Esa noche fue pesada, dormimos muy poco, pero finalmente, después de una interminable noche de incertidumbre llegó el esperado amanecer.

En cuanto salieron las primeras luces del amanecer, reiniciamos nuestro viaje. En esta parte del viaje no hallamos muchas personas. Había uno que otro grupo de campesinos que nos gritaban a nuestro paso. No tuvimos dificultades, el calor del día se iba posicionando del ambiente poco a poco. La espesura de la ceja de selva se acentuaba con el recorrido. La naturaleza imponía su belleza, pese al desastre. Todos estábamos atentos para ubicar un lugar.

Finalmente hallamos un lugar muy desolado, lleno de naturaleza, decidimos que ese era el lugar para ingresar hasta un punto ignoto y organizar una pequeña colonia. Ingresamos con el bus, siguiendo el sendero de una antigua trocha que se extendía siguiendo el sendero del río. Llegamos con el bus hasta donde fue posible avanzar con la fuerza del bus, luego tuvimos que dejarlo escondido entre las piedras y ramas de árboles. Lo volveríamos a utilizar si fuera necesario, pero por ahora ese sería su lugar de resguardo.

Tomamos las cosas y las 20 personas del grupo continuamos caminando, cargando nuestras cosas, siguiendo el sendero del río. Fue una caminata angustiosa y cansada, pues aún no ubicamos un lugar adecuado, la carga era pesada y la caminata peligrosa.

Finalmente, Gabrielita ubicó un lugar cercano al río, donde había unas formaciones de roca que nos permitirían establecer un lugar con resguardo seguro. Decidimos que ese lugar era el elegido. Nos acercamos e instalamos. Descubrimos que en el lugar había una cavidad grande en la formación rocosa al pie de una montaña, técnicamente hablando era una cueva. Instalando bien las cosas podría convertirse en un refugio seguro para dormir, protegerse de los embates de la naturaleza y resguardar la seguridad y los implementos del diario vivir. El resto de las actividades las realizaríamos en el campo amplio que había en los alrededores.

***

Los días fueron pasando, comenzamos a sobrevivir de la caza, la pesca, la agricultura y la recolección de frutos. La ropa que teníamos y la que llevamos se fue destruyendo poco a poco, así que nos arreglamos para fabricar ropa de tela usada y de pieles de los animales que cazamos. No teníamos alternativa, de otro modo hubiéramos terminado en la desnudez. Aprendimos poco a poco a sobrevivir en medio de la naturaleza y a defendernos, a convivir y no pelear, a mantener la cordura y los buenos modos. Establecimos reglas de conducta. En fin, nos convertimos en una comunidad primitiva post apocalíptica que vivía con el recuerdo del pasado que para nosotros ahora era un futuro que intentábamos reconstruir.

La vida se nos hizo difícil en el sentido de las comodidades que teníamos en la ciudad, pero se hizo más fácil en el sentido de comunidad que se instaló entre nosotros. Ya nadie tenía que preocuparse por el dinero o por conseguir un “trabajo” o “emprender un negocio” pues todo era compartido con la comunidad. Los conflictos eran asunto de todos los días, pero, logramos establecer un orden que nos permitió un razonable estado de convivencia.

***

Mientras esperaba que se llenara la red, pensaba en muchos asuntos. La comisión que llegaría hoy. “¿Realmente venía a ayudarnos? ¿Sería conveniente para nosotros volver con ellos a la ciudad e intentar reiniciar una nueva vida? ¿No sería menor quedarnos y no volver ya a la ciudad?”

Luego de un buen rato pensando y pensando, recogí la red y con la ayuda de unos muchachos de nuestra comunidad llevamos la pesca a la comunidad y encargamos a las mujeres la preparación de un buen refrigerio para los visitantes.

Durante la mañana me comuniqué con ellos mediante la radio de onda corta que teníamos aún. Ellos me dijeron que llegarían en la tarde. Vendrían en dos helicópteros del Ejército peruano para recogernos o ayudarnos en el caso de que no quisiéramos volver. El comandante de la misión parecía una persona honesta por la forma en que se comunicó con nosotros. Confirmamos la visita. Ya sólo quedaba hacer los preparativos y esperarlos.

Durante la mañana convoqué a un consejo con las personas adultas y algunos jóvenes y les planteé la situación. Les dije lo que pensaba, pues yo estaba convencido que la sociedad, pese a que habían pasado algunos años, estaba en precarias condiciones sociales, económicas y en todo sentido diferente a como se encontraba antes de la catástrofe. Algunos coincidieron conmigo, otros no. El acuerdo general fue que se quedarían los que quisieran y se irían de regreso a la ciudad libremente los que así lo decidan.

Durante la tarde estuvimos esperando hasta que alrededor de las tres de la tarde se comunicaron con nosotros y pocos minutos después, aterrizaron dos helicópteros con personal del ejército. Efectivamente, trajeron mucha ayuda médica, alimentaria y otros. La conversación que tuvimos con ellos fue relativamente corta y rápida, no duró más de una hora, sin embargo, al cabo del tiempo transcurrido sucedió que 5 de los nuestros, principalmente jóvenes decidieron volver a la ciudad. Los demás fuimos sinceros y les dijimos que no queríamos volver, que ya estábamos acostumbrados, que los llamaríamos ante cualquier eventualidad o necesidad. Tuvieron que aceptar nuestra decisión y dejando la ayuda y habiendo realizado la atención médica necesaria, se alistaron para marcharse.

Ya cuando los miembros de la misión se estaban embarcado en los helicópteros, me acerqué a uno de los helicópteros, llevando un presente que habían preparado las mujeres para agradecer. Me fui acercando al helicóptero, entonces, dándose cuenta de mis intenciones, bajaron del helicóptero, un militar, una enfermera y una niña para recibir el regalo y marcharse ya. Cuando ya estaba cerca, ellos me esperaban al lado del helicóptero, me fui acercando poco a poco, para hacer entrega del presente. Entonces la niña que bajó junto al oficial y la enfermera, dio un salto de sorpresa al verme, se volvió hacia la enfermera y señalándome con su mano derecha grito fuertemente:

“¡Mira mamá allá viene un troglodita! ¡Un troglodita!”

FIN

Escrito en Cusco. 2025.






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