Colección Musical

EL VIENTO Y LA VIDA

El camino de carbón.

Leónidas era joyero y prestamista, tenía setenta y ocho años de edad, pero no descansaba, todo lo contrario, a las seis de la mañana ya estaba de pie llamando por teléfono a cada uno de los 5 jóvenes que trabajaban a su servicio. Para las siete de la mañana estaba tomando el desayuno en su elegante salón comedor, acompañado de su hijo y su nuera, mirando y elevando plegarias a la imagen de Santiago Apóstol, quien pintado en un cuadro al óleo se veía montado sobre su caballo blanco, con su capa roja y su espada. Al joyero le gustaba mucho esta imagen, se sentía profundamente identificado.

Su mansión se ubicaba en la calle Pavitos, estaba llena de riquezas de la época colonial, había cuadros de la escuela cusqueña y pinturas traídas de España. Entre las pinturas que Leonidas tenía, había una que le causaba una profunda impresión, era el cuadro de la Virgen de La Piedad, cada vez que pasaba al lado de la pintura, se detenía un momento y daba un suspiro.

Leonidas vivía como un virrey tanto en lo material como en lo psicológico. Para él la colonia no había terminado, se sentía noble. A las nueve de la mañana salía caminando lenta y pausadamente rumbo a su joyería, ayudado por su bastón con mango de marfil e incrustaciones de oro, acompañado por dos de los jóvenes que trabajaban para él. El bastón era a la vez un filudo sable, bastaba con jalar la agarradera y desenvainar el sable. Mientras caminaba se veía a sí mismo blandiendo su sable, cual la imagen de su patrono, el Apóstol Santiago. Llevaba el bastón para defenderse de los desadaptados o para darle una lección a cualquiera que tenga la osadía de ofenderlo en la calle. El desactualizado joyero no sabía que su espada no le serviría para nada en un eventual enfrentamiento, estaba tan gordo que le sería difícil manipularlo con éxito, sin embargo, en su casa, los días domingos, mientras esperaba que la empleada compre el diario, desenvainaba su espada y ensayaba puntillazos y quites en el salón principal, luchando contra enemigos imaginarios. Desde la muerte de su esposa, se dedicó a alimentar la fantasía de que era un hombre viejo pero fuerte, criado y alimentado a la antigua, razón por la cual creía ser más fuerte que los jóvenes. Cuando se acercaba la empleada para decirle:

- Don Leónidas aquí le traigo su periódico.

La perseguía con la espada gritando:

- ¡Atrás, atrás, infiel campesina o seréis ajusticiada!

La empleada le dejaba el diario y escapaba parloteando:

- ¡Qué chistoso este viejo loco!

En la joyería se sentaba en su oficina mientras esperaba que sus numerosos asistentes le trajeran el dinero, las facturas y las joyas que quedarían en prenda para tasarlas. Leonidas era un joyero viejo, experto en su oficio. Sentado en una silla movible se trasladaba a lo largo de una mesa de cuatro metros, tasando al ojo las joyas. Conocía el oro con sólo verlo, en aquellas joyas que parecían dudosas, se detenía un momento a mirarlas con lupa o someterlas a una rápida prueba con los reactivos. Tenía a sus asistentes severamente advertidos de no cometer errores en la selección de las joyas. Cuando se equivocaban les gritaba despóticamente:

- ¡No! ¡Esta no va! ¡Inútiles! ¿Qué quieren? ¿Qué me vaya a la quiebra? Una joya de oro, siempre, siempre, debe tener alguna inscripción que certifique su calidad o que señale las iniciales del dueño, o una fecha o algo así, estoy cansado de decirlo. ¡En la siguiente los voy a despedir! Y así lo cumplía, mensualmente despedía a dos o tres y tomaba nuevos asistentes, quienes entraban aguijoneados por la necesidad de ganar algo de dinero. Para el joyero esta situación era muy cómoda, mantenía a cinco trabajadores con lo que deberían ganar tres. Nadie podía portarse mal porque era despedido inmediatamente y fácilmente reemplazado.

En las noches, antes de retirarse a descansar le ordenaba al contable que le enseñe el balance del día, el contable le entregaba una caja de cartón llena de dinero efectivo para que lo cuente, llena de monedas y billetes. La ponía encima de su mesa. Leonidas contaba hasta que las manos le queden negras oliendo a dinero, mientras lo hacía le brillaban los ojos y un fuego de deseo se encendía en su alma. Tranquilamente se decía a sí mismo: "Es el fruto de mi trabajo..."

A través de los años había acumulado innumerables bienes, joyas, terrenos casas, automóviles y riquezas en obras de arte, además de las cuentas bancarias que tenía en el Perú y fuera del país. Durante sus años de joyero recibió en prenda todo, sin averiguar el origen ni la necesidad de quien prendaba las joyas. Nunca tuvo reparo alguno en vender las joyas de quienes no pagaban a tiempo sus deudas, al joyero no le importaba ni tomaba en cuenta estas cuestiones, su esquema moral tenía otra organización. Vivía descontento con la migración de los hombres del campo a la ciudad, veía con desprecio todos los cambios sociológicos y atendía con menosprecio a todo el mundo. Cuando caminaba en la calle, lo hacía sintiéndose noble, mostrando su abultado abdomen y mirando a todos con una superioridad hipnotizante. Le gustaba muchísimo escuchar que la gente le salude: “Buenas tardes Don Leonidas. Buenos días patroncito. ¿Cómo le va Don Leonidas?”

***

Un día de esos, después de las fiestas de Corpus Christi, luego de haber comido y bebido en abundancia, cayó gravemente enfermo con una hemiplejia. Vio la muerte como la siguiente estación. Lo primero que hizo el orgulloso joyero fue disponer que le compraran todo el pompaje fúnebre y lo instalaran en su dormitorio, frente al ropero colonial. Cada día su salud se hacía más débil, todos pronosticaban su pronta muerte y envidiaban al hijo que heredaría la fortuna de su padre.

El viejo se colocaba durante horas frente al espejo, sólo para observarse languidecer, ninguno de los tratamientos dio resultado y era evidente para todos que se estaba muriendo. Una mañana despertó especialmente débil y con mucho esfuerzo logró colocarse frente a su espejo, a través del reflejo pudo ver las pompas fúnebres que ya llevaban semanas instaladas en su dormitorio por su propia exigencia, centró la mirada en la parte del espejo que reflejaba el cajón de muerto y comenzó a observarlo: imponente, señorial, brillante pero negro, hecho de aluminio, ricamente adornado con motivos cristianos. Mientras lo observaba a través del espejo, vio que salía de su parte inferior una cadena que a manera de serpiente se acercaba rápidamente. Se asustó y volvió la mirada hacia su propio rostro en el espejo, pero ya no estaba allí, frente a él se desplegaba una gran extensión, una planicie, un desierto oscuro cuyo suelo estaba formado por trozos de carbón, no había luz por ningún lado, el camino estaba tenuemente iluminado por luciérnagas que emitían luz roja y por la luz de la Luna en el cielo, en el horizonte no se veía nada. La primera reacción de Leónidas fue gritar tan fuerte como pudo: “¡Auxilio! ¡Estoy mal necesito un médico!”

No obtuvo respuesta alguna, su voz se perdió en la inmensidad de aquel desierto. Creyó estar fantaseando, buscó con sus manos y su mirada las formas del espejo, pero no las encontró, en cambio encontró su ataúd, aquel que momentos antes estaba observando a través del espejo, se acercó rápidamente a el y para su sorpresa, descubrió que su hemiplejia había desaparecido y podía caminar nuevamente, aunque no podía tener una idea clara de su imagen corporal, puesto que no había un espejo. Se tocó el cuerpo con las manos y descubrió que estaba con uno de sus habituales ternos confeccionados a la antigua: sombrero, saco, chaleco, camisa, corbata de seda y zapatos de corfam. Llegó al ataúd y lo abrazó como queriendo sostenerse a través de el a la realidad, lo sintió muy pesado. Al abrirlo se quedó con la boca abierta al ver que dentro de su ataúd había dos cosas: Su bastón sable y debajo de el, incontables cantidades de monedas, billetes y joyas, llenando todo el cajón. De la parte inferior del cajón salía una cadena de un metro y medio de largo, unida al cajón por una armella muy fuerte que terminaba en una abrazadera de cuero, sugiriendo que estaba allí para jalar el cajón. El joyero se sentó sobre el cajón para tratar de pensar, despejarse y esperar a que este mal sueño pase. Después de mucho tiempo sentado esperando, se dio cuenta y se dijo a sí mismo: “¡Dios mío! He muerto y nadie lo sabe, estoy en otro lugar. ¡Dónde estoy por favor!”

Comenzó a rezar aterrado, con la voz temblorosa a su patrono, el Apóstol Santiago: “¡Oh patrono Santiago! Soy yo Leonidas, tu devoto preferido, recuerda las veces que he mandado a hacer tu capa y te he rodeado de joyas, recuerda las veces que he pagado limosnas en tu nombre. Soy un hombre bueno, he servido a la sociedad, he dado trabajo a muchos, he respetado la ley, nunca he despreciado a nadie...” Su rezo terminó en un largo sollozo: “¡Ayayayyyyyyyy patroncito! Papito, dónde estoy, dónde estoy. ¡Ayayayyyyyy!

Todo fue en vano, pasaron largos períodos de tiempo entre rezos, clamores y llantos. Nada se veía en el horizonte, sólo el inmenso desierto hecho de carbón iluminado tenuemente por las luciérnagas y la Luna. Leónidas comenzó a caminar hacia la nada convertido en una verdadera imagen alucinógena: Viejo y pesado, vestido con el traje elegante de terno, con su bastón sable en una mano y con la otra jalando el elegante cajón de muerto lleno de dinero, llorando y sollozando, aterrado, avanzando pesadamente por el valle negro de carbón hacia la nada. Cada cierto tiempo se detenía a reclamar: “Virgencita del Carmen, mamita, por favor sácame de aquí. ¡Llévame al cielo mamita!”.

Ante la falta de respuesta, caminaba y caminaba cada vez más penosamente, las horas que marcaba su reloj no tenían sentido porque la Luna nunca cambiaba de posición ni se veía nada en el horizonte, no tenía manera de tener referencia del lugar ni del tiempo, no había vida a su alrededor, sólo era consciente del pasar del tiempo por la manera en que el polvo del carbón le ennegrecía la ropa. Sus elegantes calzados de corfam se deterioraron de tal manera que se quedó descalzo y comenzó a deambular con los pies hinchados y llenos de heridas. Se sentaba a descansar, pero no podía dormir porque no tenía sueño, pese a sentirse extenuado, tenía hambre y sed, pero no tenía nada que comer, se admiraba de que el hambre y el deterioro no lo acabaran. Varias veces intentó deshacerse del cajón de muerto, pero siempre, cuando terminaba de descansar, aparecía allí junto a él, siempre pesado y lleno de dinero.

Según su cálculo habría caminado varias semanas, estaba desesperado pensando obsesivamente en encontrar algo nuevo, puso en duda el hecho de estar muerto, pero todo era tan real. Caminando se detuvo asustado con un fuerte latido en el corazón, divisó en el horizonte unas inmensas formaciones rocosas y llamas ardientes de gran altura. Se llenó de entusiasmo y su compungido rostro se iluminó con una sonrisa, dio varios saltos para mirar mejor, gritó para sí mismo lleno de júbilo: “¡Sí! Ha sido una explosión nuclear, soy uno de los sobrevivientes, llegaré al refugio”.

Continuó caminando apresurado, jalando y dando de patadas al ataúd mientras murmuraba: “¡Cajón detestable! Pensar que creí estar muerto. Pero tú. ¡Dinero!, me serás muy, pero muy útil, siempre he tenido dinero, esta vez me salvará, comprará mi estancia en el refugio. Gracias patroncito Santiago, gracias Virgencita del Carmen, mamita, bendita, linda, yo sabía que me escucharías.

***

Caminando rápido y jadeante llegó a la formación rocosa. Reconoció vestigios de animales y humanos, a cada paso podía ver pequeñas y grandes hogueras ardientes, el carbón del suelo se hacía más caliente, se dio cuenta que se encontraba en un valle de rocas. Pensó para sí mismo: "¡Qué terrible ha sido el desastre nuclear! Con razón todo luce tan oscuro y lúgubre, pero yo he sobrevivido". A lo lejos divisó miles de sombras acercándose a la formación rocosa, gritó con todas sus fuerzas: “¡Soy Leónidas estoy vivo! ¡Estoy vivo! He sobrevivido a la explosión nuclear, ayúdenme, tengo dinero, todo el que sea necesario. ¡Vengan ya!” Gritó a viva voz, pero nadie le respondió y siguió avanzando hacia una formación rocosa de inmensas proporciones, tan grandes que un hombre podría ser comparado con un grano de trigo al lado de un edificio. Era la puerta de una inmensa e inconmensurable cueva, con incontables ventanas de piedra, ennegrecida por el polvo negro del carbón y por el humo de las muchas llamas que había en el lugar. En las ventanas se podían ver formas animadas y humanas, danzando o gritando frases que no entendía, había fuego por todas partes, lo cual le daba al lugar un clima muy caliente. Leónidas temblaba de nerviosismo y sudaba profusamente, su ropa estaba hecha harapos, sus pies descalzos y heridos al igual que sus manos, el ataúd lucia viejo y golpeado. Todo alrededor era negro, iluminado por las luciérnagas rojas y la luz del fuego y de la Luna. Se encontraba cada vez más cerca de las figuras humanas que se acercaban mutuamente y les gritaba afanado: “¡Sí amigos ya estamos todos! ¡Soy Leónidas el joyero! ¿Me recuerdan? ¿Verdad que sí? ¡Por favor ayúdenme con este cajón!”

Pensó que esta inmensa cueva era el refugio que preservaba a lo último de la humanidad. A medida que se acercaba, el camino se hacía pedregoso y encontraba a más y más personas, todas andrajosas y lastimadas, algunas llevaban canastas, otras llevaban libros, otras llevaban al igual que él, su propio ataúd, otras llevaban automóviles, otros venían en grupo, había mutilados, pero invariablemente todos estaban ennegrecidos y maltratados. Trató de hablar con ellos y ellos con él, pero no pudo establecer comunicación alguna, podía verlos, acercarse con gestos de auxilio, pero los veía pasar a través de su cuerpo, podía verlos gesticular palabras y hacer ademanes, pero el ruido que emitían sólo era un silbido en el viento, que se unía al estruendoso ruido que provenía de la inconmensurable cueva. Era el rumor de las voces y cosas que se movían en el interior de la gran cueva. A medida que se acercaba, la cueva se hacía más grande, tanto que era imposible abarcar toda su extensión con la mirada, en la parte inferior había miles de puertas a manera de cuevas que se perdían en el interior, había mucha gente, miles de personas en la puerta, que era una inmensa explanada de piedras y fuegos. Trataban de comunicarse entre sí, pero no era posible, se interpenetraban entre ellos y sus voces se convertían en parte del gran ruido de ese interminable lugar.

Leonidas se quedó sentado sobre una peña durante un tiempo largo. Se dio cuenta que no se trataba de una explosión nuclear, ya no era un ser viviente con cuerpo, era un espíritu, un fantasma. En todo momento rehuía pensar en lo que ya era evidente. Estaba en la puerta de un lugar siniestro… Era la puerta del infierno. Lo contempló una y otra vez. Pese a ser el infierno se mostraba señorial e imponente, el ruido del fuego y los rumores formaban un cuadro alucinante, una fantástica opera, el fuego le daba al lugar una iluminación que dejaba ver la solidez de las inmensas estructuras de piedra, había cierta paz en el hecho de no poder comunicarse con nadie, la puerta del infierno era como una inmensa boca hipnotizadora, generaba terror y un inevitable magnetismo, ingresar era inevitable, sucedería de un momento al otro.

Se dio cuenta que este espacio sólo le permitía comunicarse consigo mismo y con nadie más, se preguntó: "¿Por qué estoy aquí en este hermoso y tenebroso templo?" Se dio cuenta que buscar la causa en su vida pasada, en su egoísmo o en esas cosas no tenía sentido, no arreglaría nada. Ya estaba mucho tiempo esperando en la puerta tratando de tomar una decisión, no podría volverse atrás, avanzaba poco a poco, quedándose sentado en cada intervalo. Lo único que veía era llegar y llegar a más y más almas desconocidas, nadie tomaba el camino de regreso por la simple razón que más allá de la estructura del infierno no había nada, sólo un infinito desierto de carbón y oscuridad, la única manera de averiguar o intentar salir de tal situación era ingresar al infierno, a cada momento más y más atractivo, su música de terror, su calor, el olor a minerales fundidos, el espejismo de calor humano que se veía por las ventanas de piedra, era atractivo y terrorífico.

Leonidas se dio cuenta que cuanto más tiempo se quedara allí afuera, más tiempo perdería, así que decidió ingresar al infierno. Avanzó desde la planicie de piedras y fuegos y comenzó a descender por unos senderos de piedra tallada, llenos de adornos labrados en las rocas de las paredes adyacentes o las formaciones rocosas que formaban el camino; había símbolos de serpientes enroscadas, ángeles iguales a los que se ven en las iglesias, figuras de mujeres y varones desnudos en posiciones sexuales, figuras de animales conocidos y extraños, símbolos geométricos inexplicables, la figura del Sol y de la Luna y de muchos otros astros, muchos emblemas desconocidos, representaciones del vino y el licor, barcos, aviones, personas barbadas y miles de labrados más. Continuaba bajando, sufriendo lo pesado de jalar el ataúd y su propio cuerpo maltratado, pero observando todo aquello que se presentaba en su recorrido.

Se fue acercando a una de las entradas a través de un pasadizo largo, uno más entre los miles que había. En la puerta, antes de traspasarla había un gran fuego que iluminaba la entrada, dándole un aspecto dorado y luminoso, se acercó al igual que miles de almas que entraban y siguió su camino. Inmediatamente traspasó el umbral, salió a su encuentro una dama, vestida de rojo-dorado y lo detuvo. Por primera vez pudo comunicarse. Lo primero que hizo fue reclamar:

- ¡Por favor! ¡Donde estoy? ¡Por qué estoy aquí! ¡Quiero irme!

La mujer le tomó por la cabeza con las dos manos y le hizo sentar diciendo:

- Espera Leónidas, debes recibir tu mercancía.

Dicho esto, se alejó para perderse en los inextricables senderos del infierno. Leonidas esperó sentado en una banca tallada en la piedra, sentía un descanso verdadero y paz mental mientras esperaba por algo que el mismo no entendía, al lado suyo descubrió un manantial de agua corriente. Inmediatamente se acercó y pudo beber, bebió todo cuanto pudo al igual que miles de almas que estaban allí esperando, se mojó y refrescó durante horas, hasta que, al fin, revitalizado se sentó en su lugar a esperar.

***

El infierno era un laberinto inexplicable, en la bóveda de la cueva se podía divisar aves volando, doradas, verdes y fulgurantes, plantas colgantes que se internaban en los profundos abismos y caminos, animales míticos pasando entre las rocas y agua corriente de todos los colores cayendo en cascadas y ríos por todas partes. Había un movimiento infinito de gente, almas que ingresaban por interminables senderos con inexplicables fines y todo tipo de habitantes: mujeres, varones y niños que lejos de gritar o gemir como podría creerse, parecían atareados trabajadores.

Después de mucha espera, un niño vino a su encuentro y lo tomó de la mano sin decirle nada, lo condujo por una puerta hacia un salón pequeño, en ese lugar, para su sorpresa estaban todas sus obras de arte, las que tenía en su vida en la tierra, pero no estaban tal como las había dejado, estaban colocadas sobre pedestales de piedra, a manera de adornos para esta sección del infierno, estaban alumbradas por antorchas de fuegos que le daban al lugar un ambiente muy parecido al de una iglesia. “¡Por Dios, son mis obras de arte!” - Exclamó. En el cuadro donde estaba representada La Piedad, en el lugar del Cristo estaba la figura de él, abrazado tierna y piadosamente por la virgen: “¡Santo Dios soy yo!” - Exclamó admirado.

Mientras el niño conducía a Leonidas de la mano, éste admiraba sus propias obras de arte, todas estaban allí. En un cuadro de su patrono, el Apóstol Santiago, la imagen no era la del Santo, sino la de Leonidas. En cierto momento ingresó la mujer que lo había recibido en el infierno y mandó al niño salir. Él se acercó a uno de los cuadros y se metió, quedando retratado en el lienzo como parte del mismo. La mujer le dijo a Leónidas. “Todas las obras de arte se preservan en el infierno, este es el lugar ideal, los que moramos aquí apreciamos mucho el arte. El creador del universo lo ha dispuesto así, las obras de arte adornan todos los lugares; la tierra, los mundos paralelos, las dimensiones, los vértices y los cielos, pero es aquí, en el infierno donde son preservadas, restablecidas, restauradas y vivificadas para que puedan mantenerse en el tiempo. Tienes que saber que todos los artistas han visitado este lugar, pero con propósitos diferentes, más adelante podrás, si lo deseas, volver a este lugar a estudiar arte. Por ahora tienes que recorrer tu camino. Quiero que me entregues tu mercancía para darte a cambio el lienzo que te corresponde”.

Se estableció un dialogo entre Leónidas y la mujer:

- Pero, ¿Cuál es mi mercancía?

- Ese cajón lleno de dinero Leónidas, esa es tu mercancía.

- ¿Por qué precisamente mi cajón de muerto lleno de dinero?

- Es lo que te corresponde, el dinero fue tu mayor aspiración en tu vida en la tierra. Estabas mirando el ataúd a través del espejo. esa es la razón por la que viniste con tu cajón de muerto lleno de dinero.

- ¿Y las joyas y el bastón?

- Estaban en tu corazón, por eso son tu mercancía, sólo aquello que uno lleva en el corazón tiene valor.

- ¿Qué van a hacer con ese cajón y el dinero que contiene?

- ¡Oh! ¡Qué pregunta hombre! Es para alimentar a otras almas.

- ¿Y el demonio, el diablo, el malvado?

- ¡Jajajaja qué cómico! Aquel a quien ustedes llaman demonio, es el regente de este lugar, tiene mucho trabajo y es muy inteligente, es un gran músico y es muy temperamental. Bien Leónidas, no puedo explicarte nada más, tienes que recorrer tu camino y alimentar tu corazón sediento.

- Perdón, pero yo no estoy sediento, quiero quedarme aquí y aprender música, soy joyero, podría llevar la contabilidad.

- Lo siento Leónidas, sólo los artistas pueden quedarse una temporada, pero, aun así, ellos también tienen que recorrer su camino y alimentar su corazón, tu... joyero... mejor no te digo nada más, ¡Nada más Leónidas! ¡No se diga nada más! Tienes que continuar tu recorrido, cuanto antes mejor. - Dijo la mujer con expresión severa.

Enseguida dos servidores del infierno, altos y fornidos jóvenes vestidos con trajes de colores y sombreros negros de tres picos ingresaron al recinto y se llevaron el ataúd y el bastón. La mujer volvió a acercarse a Leónidas y le entregó un rollo grande de color plata, atado con una cinta blanca. Le indicó con el brazo levantado y el dedo índice señalando:

- Aquel sendero es el que debes seguir, el camino es infinito, tan infinito o tan corto como tú desees hacerlo, tu camino verdadero está contenido en el rollo, el sendero pedregoso que ves es sólo parte de tu camino. Adiós Leonidas.

Leónidas protestó:

- ¡No entiendo nada no sé qué es lo que tengo que hacer!

La mujer no le dijo nada más y al igual que el niño se metió en uno de los lienzos, convirtiéndose en parte de la pintura. Leonidas se encontraba prácticamente desnudo y tenía en su mano un rollo que parecía de papel, no sabía que hacer, se quedó una vez más mirando sus propias obras de arte, antes de decidir emprender el camino que le había sido asignado. En el infierno había cientos de caminos, unos pequeños, otros amplios, todos estaban iluminados con fuegos de colores y eran recorridos por miles de almas, cada camino conducía a destinos insondables, inimaginables. Leonidas veía las legiones de almas que iniciaban sus recorridos, no podía creer que estaba allí, trató una y mil veces de pensar que era un sueño, pero no, él estaba allí, atrapado de verdad, tendría que recorrer su camino.

El camino se iniciaba en un pórtico de piedra delicadamente decorado, se podía ver que se trataba de un pedregal interminable, en el pórtico había una inscripción escrita con símbolos extraños, al mirarla pudo comprenderla, aunque no estuviera escrita en un lenguaje conocido, decía lo siguiente; "Sólo un camino hecho de piedras puede mostrarte tus debilidades y reafirmar tus fortalezas". Con menos temor que antes emprendió su camino junto a muchas otras almas que no podían hablar entre sí, el camino era un infinito sendero lleno de piedras y rocas, lleno de obras de arte en las paredes, algunas talladas, otras colocadas en pedestales, otras suspendidas en el aire, otras quemándose en hogueras; de tramo en tramo también se escuchaba música y sonidos, todo confundido en un ambiente cavernoso, oscuro, sólo iluminado por luciérnagas de todos los colores y la luz del fuego proveniente de diferentes lugares. Leónidas caminaba penosamente avanzando por el pedregal que a cada momento reflejaba su dureza en todo su cuerpo y mente.

Al cabo de algún tiempo se animó a abrir el lienzo, al hacerlo se desplegó ante él, un centellante fulgor que le cegaba la vista; era un espejo, el mismo espejo que había colocado en la puerta de su casa frente a la imagen de la virgen de la piedad. “¡No puede ser, es mi espejo, el mismo que coloqué en mi casa! Se dijo a sí mismo”.

Una vez desplegado comenzaron a presentarse ante él, imágenes de sí mismo en diferentes circunstancias de su vida. Mientras veía las imágenes sentía emociones fuertes y violentas, dolor y constricción, eran las emociones negativas que él había provocado en las personas, animales y seres vivos con quienes había tenido contacto. Las escenas hacían que soportara sólo unos momentos, era muy intenso su sentir y grande su sufrimiento porque todas las escenas que pasaban reflejaban su mal proceder. Ante este primer encuentro huyó dejando abandonado el espejo desplegado, desde cierta distancia le arrojó una piedra, la cual atravesó el espejo perdiéndose en la inmensidad de su contenido, sin hacerle daño. Huyó tan rápido como pudo y cuando cayó extenuado, el rollo estaba allí, junto a él, del mismo modo en que su ataúd había permanecido junto a él en el período previo. Después de mucho tiempo sufriendo cada vez que abría el espejo, se dio cuenta que cada sesión en la que veía su propia vida, el espejo se reducía de tamaño, de tal manera que cada encuentro significaba una disminución.

Su espejo era grande, una vez desplegado se veía imponente, proyectaba inmediatamente las imágenes que le hacían sufrir. En cada sesión terminaba extenuado y casi desmayado, arrastrándose por los suelos del infierno con su espejo al lado, pero poco a poco se abría ante él una nueva consciencia, una nueva visión.

Durante mucho tiempo sufrió y sufrió sin poder escapar de tal realidad, su espejo era su medidor del tiempo, él sabía que, al acabarlo, también se acabaría su sufrimiento. Cada vez con mayor resignación veía en el espejo discurrir su vida y sentía el sufrimiento de todos a quienes él había hecho sufrir. Por fin un día, mirando a su alrededor vio como cientos de almas desaparecían ante sus ojos; su espejo estaba tan pequeño que decidió desplegarlo, cuando lo hizo, no vio más su propia vida, lo que vio fue un personaje barbudo, escuá1ido, magullado, con los ojos hundidos y sucio; era él mismo, así había quedado después de su recorrido. Miró con mayor atención al espejo, aterrado ante la imagen de sí mismo y lo que vio fue nuevamente su ataúd, el mismo que había visto antes de venir al infierno. Tratando de evitar la imagen retiró la mirada del espejo y cuando se volvió esperando volver a encontrarse en el infierno, se encontró nuevamente en su habitación, en su cama, sudando profusamente, rodeado de sus familiares.

Su hijo, quien permanentemente había permanecido junto a su padre se dio cuenta que había vuelto en sí y dijo animado: “¡Ha vuelto en sí! ¡Ha recuperado el conocimiento se pondrá mejor!”.

Leónidas miró desde su lecho a sus familiares, haciendo un esfuerzo llamó a su hijo y le dijo: “Hijo mío, no voy a vivir, moriré, por favor abandona la Facultad de Derecho y estudia artes, cierra la Joyería, es mala, y procura no mirarte en el espejo”. Enseguida volvió a perder el conocimiento y murió.

Durante el entierro, el orgulloso hijo era el nuevo rico. Se la pasó fingiendo constricción y pena, asistió al velatorio y al entierro con lentes oscuros para que nadie se dé cuenta que no había derramado ni una 1ágrima. Una de sus tías le preguntó:

- Hijito, ¿Cuáles fueron las últimas palabras de tu padre?

- Desvaríos tía, desvaríos, nada importante.

FIN

Escrito en Cusco. 2002.




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