Colección Musical

EL VIENTO Y LA VIDA

La Musica.

Volvíamos tarde, ya de noche, luego de haber pasado el día en la exótica zona de Chacán, realizando unos rituales de sanación con turistas. Mientras avanzábamos en medio de la oscuridad de la noche, alumbrada sólo por las estrellas, la Luna y la tenue luz que llegaba desde la ciudad, pensaba: “Caramba, no debimos quedarnos hasta tarde, este camino es peligroso”. Y lo era. Más de una vez nos atacaron fieros perros campesinos que intentaron mordernos, si no fuera porque éramos un numeroso grupo de más de diez personas, nos hubieran mordido.

Bueno, lo cierto es que llegando ya a la explanada de Sacsayhuamán me di cuenta que el camino no estaba tan obscuro, en cierto momento parecía que estuviera de día, pero no un día común, era como si el día estuviera iluminado por una luz azul eléctrica.

Mientras caminaba pensando en mujeres, me di cuenta que mi andar se hacía involuntariamente más y más rápido, hasta que en cierto momento tuve que correr para llevar la corriente de la fuerza que parecía arrastrarme. Por un momento volteé para ver dónde se encontraba el grupo, pero no los vi. Quedé extrañado, pero seguí corriendo al ritmo en que la luz me lo exigía. En un momento pensé que me encontraba en una gran bajada y que no me daba cuenta, pero no era así, estaba corriendo motivado por una voluntad que aparentemente no era la mía, pues corría con fuerza que no era mía, no sentía agotamiento ni hacía algún esfuerzo debido a la corrida.

Se hizo tan rápido mi correr que llegué a asustarme, hasta que comencé a gritar eufóricamente, pues ya no estaba corriendo, estaba siendo arrastrado por una fuerza extraña, hacia delante y arriba a gran velocidad, se podría decir que me sentí succionado por una fuerza como la de una potente aspiradora, grité y grité en vano, pues el proceso no se detenía. Mientras gritaba con un solo grito de terror y sorpresa, largo y sostenido, mi grito se unió al de mis compañeros, con quienes formamos un solo grito potente y largo: ¡Oooooooooooooooooohhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! Mientras éramos absorbidos por la extraña fuerza, me di cuenta que la noche en medio de la cual intentábamos volver a la ciudad, se había transformado en un potente día de color azul.

***

Finalmente fue completamente claro que estábamos siendo arrastrados hacia arriba a una velocidad de infarto, hasta que finalmente pude ver hacia arriba. Lo que vi me impresionó aún más, un potente círculo de varios colores del cual emanaba la potente luz azul y la fuerza que nos atraía, era el punto hacia el cual éramos absorbidos. Rápidamente tuve que cerrar los ojos para no cegarme con la luz. Ante la inminencia de un choque con la fuente de luz, me coloqué en posición fetal y al parecer mis compañeros hicieron lo mismo. Pocos segundos después, sentí que caí suavemente en el suelo, ya no sentía la luz potente cegando mis ojos ni la fuerza arrastrándome hacia el gran círculo.

Tenía un miedo tremendo de abrir los ojos, no quería hacerlo, pero tuve que abrirlos y miré lo que había a mi alrededor. ¡Grande fue mi asombro! Comprobé que me hallaba junto a mis compañeros en un gran salón lleno de figuras en las paredes, las cuales variaban constantemente, parecían ser monitores de televisión, pero no eran tan estáticos sino más bien eran interactivos, pues las figuras se intercambiaban de monitor a monitor e interactuaban con nosotros dependiendo de lo que hiciéramos, por ejemplo, una que otra vez me atreví a meter la mano, ante lo cual sentí que del otro lado de la pantalla o lo que fuera, había otra mano que también se acercaba hacia mí.

No podía hablar con mis compañeros ni compartir impresiones con ellos, pues parecían estar aislados en una suerte de gelatina, luz o envoltura de vidrio que los envolvía y no les permitía hablar conmigo, nos hacíamos señas, pero no podíamos acercarnos mucho, pues alguna fuerza nos separaba; así que después de intentarlo un buen rato me dediqué a interactuar con las figuras de las numerosas pantallas o visores.

Las pantallas tenían una consistencia como de gelatina la cual uno podía tocar, al hacerlo las manos se hundían en las formas. En cada una de las pantallas se presentaba un paisaje, una escena diferente, algunas mostraban bosques, otras, escenas de la ciudad, escenas familiares y así, infinitas escenas diferentes que uno podía apreciar mientras deambulaba por el gran salón circular multicolor que las contenía. Una música suave, muy suave, nos quitó todo el nerviosismo, de tal manera que olvidamos la manera extraña en que habíamos llegado a tal situación. Con propiedad podría decir que estábamos bajo un estado de hipnosis, que nos permitía apreciar sin preocupación las diferentes escenas que se desarrollaban en las diferentes pantallas.

Pude apreciar que mis compañeros se detenían frente a las escenas según fuera su predilección o la atracción que sentían frente a cada una de ellas, vi que introducían sus manos tocando las pantallas y que luego de unos segundos se introducían completamente, perdiéndose en las pantallas. Pude ver a José internándose en una escena familiar de la cual pasó a formar parte, lo vi integrarse a la escena familiar y cuando me acerqué a la pantalla lo vi formar parte de la escena, se hundió en ella y no pude comunicarme más con él. Mi deseo era preguntarle por qué se internaba en tal escenario, pero no obtuve ninguna respuesta, fue como si al pasar a formar parte de tal escena, perdiera la capacidad de verme o comunicarse conmigo, a pesar que le grité tan cerca de la pantalla como pude, no obtuve respuesta:

- ¡José para que has entrado en la pantalla! ¡Qué se siente cuéntame!

No obtuve ninguna respuesta, ni de él ni de ninguna de las personas que se internaban progresivamente en distintas escenas mostradas en las pantallas. Entonces hice la prueba tocando una de ellas al azar. Inmediatamente toqué una de ellas sentí una fuerte atracción por ingresar en la escena. Inmediatamente la toqué sentí que podía, sin dificultad alguna ingresar en ellas, como si un camino se abriera para transitarlo con facilidad. Saqué mi mano de un tirón logrando con las justas liberarme de la escena que casualmente elegí. Vi que poco a poco mis compañeros en la aventura se integraban a las escenas. Los veía caminando por los bosques, transitando por las ciudades o lugares que mostraban las escenas. En ningún caso pude obtener una respuesta a mis preguntas o llamados. Era simplemente como si hubieran pasado a formar parte de tales escenas y hubieran quedado completamente aislados del exterior.

Finalmente, decidí advertir a los pocos que quedaban -tres o cuatro personas- del peligro que aparentemente existía las pantallas. Pero no me hicieron caso, siguieron observándolas extasiados, hasta que poco a poco, cada uno se integró a alguna escena. Me quedé solo en el gran salón azulado, escuchando la música sublime e hipnotizadora. No hubo ningún cambio, la música seguía sonando y las pantallas seguían mostrando sus imágenes. Permanecí un tiempo sentado al medio. Tenía la sensación de estar siendo penetrado y atraído por las luces y la música, hasta que no aguanté más. Me paré y nuevamente me puse a recorrer las pantallas, observándolas admirado. De pronto mientras observaba una tras otra, llegué a una de ellas y me quedé irresistiblemente atraído por la escena que me proponía: Se veía la costa, una gran playa de arenas amarillas y luego el extenso mar, iluminado por la luz del Sol en el horizonte. En la imagen el Sol estaba poniéndose en el horizonte, de tal manera que alumbraba el mar dándole un color dorado como el oro. A partir de la orilla se extendía un largo camino formado por luz, una luz intensa y brillante que emanaba del Sol mismo. Sabía que podría adentrarme en tal camino sin hundirme. Casi sin poder evitarlo toqué la imagen de la pantalla con mi mano derecha. Inmediatamente, sentí una atracción irresistible y me adentré en la imagen. No hice esfuerzo alguno, aparecí de pronto en la playa y me puse a correr hacia el mar, justamente en la dirección donde se hallaba el camino.

La música se tornó suave, penetrante en extremo, sentí cada célula de mi ser penetrada por la luz azulada y dorada a la vez y por la música celestial hipnotizadora. Mi voluntad de ser humano no tenía fuerza ni valor para oponerme a tal sensación. Por unos segundos incontables corrí con todas mis fuerzas hacia el camino, ingresé en el, sentí que poco a poco mi cuerpo se volvía parte de la luz que emanaba del sol, mis ojos no sintieron ninguna molestia y mi corazón se llenó de felicidad, mi cuerpo se fortaleció permitiéndome tener toda la fuerza necesaria para correr a toda velocidad hacia la fuente de luz.

Mientras corría sentí que mi cuerpo contenía impurezas indignas de tal experiencia y poco a poco y sin dejar de avanzar me deshice de toda mi ropa, me la quité y la tiré al mar, mientras veía que corrían junto a mi, hermosos peces cuyos cuerpos se mostraban brillantes y dorados debido a la intensa luz que los alumbraba. La ropa que no me pude quitar, debido a la carrera que estaba teniendo se salió sola, como arrastrada hacia atrás, quedando yo completamente desnudo corriendo hacia la fuente de luz, con un creciente sentimiento de purificación.

Cuando estuve desposeído de todo vestigio de ropa o algo que no fuera yo mismo, sentí sin temor ni asombro, sino, con creciente júbilo, como mis cabellos abandonaban mi cabeza y luego, todo mi cuerpo se fue desintegrando, fue convirtiéndose en un espacio de luz y brillo, mi marcha ya no fue una marcha, sino que pasé a formar un rayo de luz que se mimetizaba cada momento más con la luz de la fuente. Mientras avanzaba, el haz de luz en que me iba convirtiendo iba expulsando grandes pedazos negros de pensamientos sucios y bajos que me acompañaron durante mi vida, con cada expulsión me sentía menos personalizado, a tal punto que grité en un momento: ¡No quiero desintegrarme! ¡No quiero desintegrarme! Pero no escuché nada como respuesta, sólo la continuidad del proceso que cada vez era más poderoso y placentero.

Poco a poco fui perdiendo mis contenidos psicológicos, dejé de ser consciente de lo que estaba haciendo y de lo que yo era. Lo último que recuerdo es que me convertí en un conjunto de haces de luz y me fundí en un intenso y vivificante calor que procedía de la fuente de luz. Luego de que mis contenidos psicológicos se extinguieron, sólo quedó en mí la sensación de ser luz y música, me acerqué lentamente hacia la luz, al ritmo de una música celestial indescriptible que no permitió nada más que la sensación de plenitud y felicidad, mientras sentía que mi ser se hacía crecientemente lumínico. Entonces un último pensamiento pasó suavemente por mi mente: “Serás luz y música para siempre…”

FIN

Escrito en Cusco. 2008.




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Autor: David Concha Romaña.

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