Una noche entré a la habitación de mi abuelita, cuando aún era un niño de 5 años, me acerqué a ella para pedirle que me de las golosinas que siempre me daba al entrar la noche. Ella estaba descansando en su cama, con la mano izquierda abrió un cajón y me dio un chocolate, me dijo: “No te vayas niñito, siéntate aquí junto a mí, te voy a contar una historia”. Muy curioso me senté a su lado y escuché el relato mientras comía el chocolate.
Ella me contó que necesitaba viajar a Puerto Maldonado para visitar a su hermano Alberto. En aquellos años, principios del siglo 20, la ciudad de Cusco era un pequeño pueblo mezcla de Inca y republicano. Los servicios de transporte eran precarios y escasos. De tal manera que ella, siendo aun una jovencita de 20 y tantos años, decidió viajar. Para entonces, el medio adecuado era el camión. La carretera era una trocha difícil de transitar, no existían buses de transporte público. Muchos de los viajeros inclusive realizaban este viaje en caballos.
El camión partió de la plaza San Francisco un día sábado a las 6 de la mañana con aproximadamente 30 pasajeros y carga de todo tipo. Los pasajeros se acomodaron en bancas de madera o directamente en el suelo de la tolva del camión, aun en medio de la precariedad, había solidaridad y buena voluntad entre los pasajeros. Le dieron especial atención a mi abuela, pues era una inocente y alegre jovencita. El camión tenía como destino final el pueblo selvático de Puerto Maldonado con varias paradas en pueblos de la ruta. El viaje duraría aproximadamente unas 15 horas. Partieron y el camión lentamente fue enrumbándose hacia su destino.
Ya en la noche, el camión había recorrido gran parte del camino en un ambiente frio, propio de la sierra abrupta de esa zona. Cerca de la media noche, finalmente alcanzó el punto más alto de la subida de la carretera, para luego bajar poco a poco hasta Puerto Maldonado. Llegados al abra de Pirhuayani, el camión se detuvo, el chofer y su asistente comunicaron a los pasajeros que debían bajar para aliviar sus necesidades y permitir que el motor del camión enfríe y para hacer algunas reparaciones y revisiones en el camión.
Los pasajeros bajaron, se juntaron, armaron una fogata donde todos pusieron algunos alimentos que traían consigo: papas, carne asada de diferentes animales, tamales y otros alimentos. Prepararon una infusión de emoliente que combinaron con algún trago de Jerez que puso uno de los pasajeros. El frío era muy intenso, así que permanecían muy abrigados alrededor del fuego para calentarse. Cuando los alimentos y la bebida estuvieron listos los colocaron al medio en una manta limpia para que cada uno tomara lo que deseara y comiera. Mientras transcurría la improvisada comida, los pasajeros conversaban entre sí de variados temas, en castellano y quechua.
Según el relato de mi abuela, el ambiente estaba completamente obscuro, iluminado tenuemente por la luz de la Luna, las estrellas y la luz del fuego de la fogata. La visibilidad del ambiente era muy baja, hacía un frio tremendo y corría un viento salvaje.
En cierto momento, mi abuela estiró su mano derecha para tomar un pedazo de asado de carne y un par de papas, al intentar tomarlas agarró una mano extrañamente larga, demasiado fría y grotesca que también quería tomar alimento. Un estremecimiento recorrió su cuerpo y observó que a los otros pasajeros les pasó lo mismo. Con la poca luz que iluminaba el ambiente, pudieron ver la imagen de un hombre viejo, maltratado y semidesnudo. Mi abuela al recordar su imagen me dijo sobresaltada: “¡Tenía cara de demonio sufriente! Su mirada expresaba desesperación y obscuridad, estaba cubierto con harapos. Los pasajeros se quedaron paralizados de temor. ¡Fue terrible! ¡Pensé que nos atacaría y mataría a todos! ¡Quise gritar, pero una señora me detuvo! El extraño y enigmático hombre nos volvió a mirar a todos con expresión suplicante, tomó varias porciones del alimento, las envolvió en un trapo y rápidamente huyó, desapareciendo en medio del nevado y la noche en medio de la inmensidad de la montaña nevada y la obscuridad. Nadie dijo nada durante unos minutos, todos estaban en shock. Luego de unos minutos reaccionaron y se atendieron los unos a los otros, pues había sido una experiencia realmente terrible. Incluso dejaron la comida a medias, pues la experiencia nos dejó a todos en estado de susto, mal que bien pudimos tomar el emoliente que venía con un poco de alcohol que nos ayudó a reponernos”.
Se quedaron quietos hablando de la experiencia. En cierto momento, una señora mayor, una abuela, les dijo a todos. “Quiero que dejemos la comida aquí, para que ese pobre hombre y los otros como él que viven en este nevado puedan comer. Deben saber amigos que ese hombre que vieron ya no es un ser humano… Está pagando sus pecados peregrinando por el tiempo que Dios lo disponga. Dejen todo lo que puedan en comida y ropa, los hombres que viven en este nevado son varios. Ahora, por favor… todos recemos a Diosito y la Madre Tierra por su salvación”. Mientras ella iba avanzando en su relato, el cual yo seguía con interés y temor, en cierto momento continuó relatándome su experiencia con lágrimas en los ojos.
Los viajeros escucharon con atención lo que la abuela les dijo, todos obedecieron y dejaron todo lo que les fue posible para ese hombre y los otros. Atemorizados y prácticamente en estado de shock obedecieron al chofer y volvieron a abordar el camión. Ya debidamente acomodados en el camión la señora dirigió una oración conmovedora pidiéndole a Dios y a la Santa Virgen María por el alma de esos pobres hombres.
El camión partió iniciando su descenso hacia la selva, los pasajeros no conversaron animadamente como en la fase previa, más bien conversaron calladamente sobre el incidente, otros rezaron y algunos intentaron dormir. Mi abuela se quedó dormida, cobijada maternalmente por la señora que les habló durante la estancia en el abra.
Poco a poco, el camión fue descendiendo hacia la selva, en la medida en que avanzaba se podía sentir el incremento de la temperatura, el ruido de las aves selváticas y el rumor cada vez mayor del río. En unas horas las primeras luces aparecieron en el cielo y el horizonte. Antes de las 6 de la mañana, finalmente llegó al entonces ignoto y nativo pueblo de Puerto Maldonado. Los pasajeros bajaron del camión y casi se podría decir que olvidaron el incidente con el extraño hombre del abra. Cada uno tomó sus cosas y despidiéndose de los otros, cada uno fue tomando su rumbo. El pueblo de Puerto Maldonado era pequeño, selvático, salvaje, pero bello, a penas poblado por algunos cientos de personas.
Mi abuela bajó y al pie del camino pudo ver que su hermano Alberto ya estaba allí esperándola. Antes de marcharse con su hermano, se acercó a la señora, para agradecerle y despedirse. La señora la abrazo y le dijo: “Cuídate niñita, eres muy linda y buena” Mi abuela, antes de marcharse con su hermano que la esperaba, le preguntó a la abuela.
- Mamita dime. ¿Quién era ese hombre y por qué estaba tan deteriorado?
- Niñita linda, ese hombre que vimos cometió muchos pecados en su vida y por esa razón Dios lo ha castigado para que esté vagando por el nevado durante el tiempo que sea necesario para pagar por sus horribles pecados… Ese hombre es un condenado.



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Autor: David Concha Romaña.
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