Colección Musical

EL VIENTO Y LA VIDA

La Carreta.

Cansados y sudando llegamos al asentamiento humano donde pretendíamos vender todos nuestros productos. Llevábamos refrescos hechos por nosotros mismos, emparedados, caramelos, helados y no sé qué más. Estábamos atravesando una temporada de problemas económicos, hacíamos lo que fuera posible para salir de tal situación. Lo importante es que nos queríamos mucho. Estábamos tan enamorados que haríamos cualquier cosa para estabilizarnos y seguir juntos.

Al llegar al asentamiento humano nos colocamos en una locación adecuada, acomodamos nuestra carreta de golosinas, pusimos nuestro letrero y sacamos el megáfono para promocionar nuestros productos y venderlos. Entonces, poco tiempo después, vimos que salían de sus precarias viviendas los habitantes del asentamiento humano “Los Rosales”. Eran decenas de pobladores, especialmente niños. Se acercaron corriendo y llegaron hasta donde nos encontrábamos. Se detuvieron a unos metros, entonces yo comencé a comunicarles y animarlos con el megáfono: “¡Vamos niños y amigos! Tenemos para ustedes, helados, pasteles y golosinas, cómprense uno, prueben cosas ricas. ¡Los precios son muy cómodos!”.

Observé que durante algunos minutos nadie se acercaba, sólo estaban allí observándonos, pero nadie venía a comprar, hasta que finalmente un niño de unos cinco años se acercó y me dijo: “Señor, quiero un helado”. Yo le dije: “¿Cuál deseas niño? “¿Cómo te llamas?” - Nicolás. Me respondió y luego eligió un helado. Se lo alcancé y pude ver en ese instante un brillo de ilusión y agrado en sus ojos al tomar el helado. “Son dos soles” - Le dije. El metió su mano izquierda a su bolsillo y sacó dos monedas de 20 centavos, me las alcanzó y luego se fue corriendo y riendo de alegría. No me había pagado ni siquiera la mitad del precio. Obviamente no tenía más dinero. Luego los niños se acercaron con mayor confianza y pidieron de todo, pero nadie pagaba, obviamente no tenían ni un centavo en el bolsillo, pero tenían un irrefrenable deseo de disfrutar de las golosinas. Nos miramos con Sheyli y sin llegar a ningún acuerdo verbal, repartimos todas las golosinas entre los niños, hasta la última. Nos quedamos sin mercadería, sin dinero, frustrados porque el supuesto negocio que realizaríamos sólo fue una ilusión, se nos olvidó que los niños de esos asentamientos humanos no tienen ni un centavo. Nuestro negocio fracasó. Los niños nos agradecieron con sonrisas y hasta con abrazos. *** Luego que todos se fueron y nos dejaron más vacíos que la nada, nos miramos con Sheyli y lentamente nos marchamos de regreso a la ciudad a ocupar la habitación que habíamos alquilado. Teníamos sentimientos encontrados, el negocio no funcionó, pero la bondad sí. Ambos nos sentimos desilusionados, pero llenos de un sentimiento de bondad indescriptible.

Ya en la habitación, acomodábamos las cosas en su sitio. No intercambiamos palabras, sólo nos mirábamos en silencio. En su carita pude ver una expresión de tristeza, pero también de bondad. Supongo que yo tenía la misma expresión, pues mis emociones eran las mismas. Una vez terminada la labor de acomodar las cosas, nos bañamos, pues habíamos tenido una actividad muy intensa.

Al salir del baño, me sentí refrescado y hasta podría decir que tranquilo. Al observar a Sheyli, vi en ella la misma expresión de tristeza mezclada con tranquilidad, sus bellos ojos se llenaron de lágrimas, entonces, la abracé, la consolé y me consolé también yo. Mientras nos abrazábamos me di cuenta que ya había caído la noche, la luz de la Luna iluminaba la habitación con su bello color azul plata. Le di un beso en la frente y le dije: “Cámbiate, saldremos a cenar, no hemos comido en todo el día”.

Luego de un momento, ya cambiados y más tranquilos, salimos a caminar por la inmensa avenida, llena de personas, automóviles y bullicio. En la avenida había mucha vida y movimiento, pero todo era ajeno e impersonal, nuestra realidad era sólo nuestra, nadie la conocía, todos eran ajenos. Aquella noche el mundo era una máquina impersonal en la cual había mucha vida, pero ajena, lejana e indiferente.

Abracé tiernamente a Sheyli. En ese mágico momento ambos sentimos que nos queríamos aún más que antes. Mientras nos encaminábamos a nuestro restaurante favorito de la zona, ella me dio un beso en la mejilla y me dijo: “No te preocupes Davi… Ya verás que mañana las cosas se ponen mejor”.

FIN

Escrito en Arequipa. 2025.


Imagen creada con la ayuda de Meta AI.2025

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