Colección Musical

EL VIENTO Y LA VIDA

El Viento y La Paz.

Me atrapó la idea, el encaprichamiento y la decisión de visitar el sitio arqueológico de Caral, pues es una ciudad muy antigua, talvez una de las más antiguas de la tierra. Mientras transcurrían los días de mi estadía en la ciudad de Lima, me informé de la manera más adecuada y conveniente de visitar el enigmático lugar. Dos o tres noches soñé que el viento me hablaba y me llamaba. Finalmente, se convirtió en un deseo irrefrenable, en un llamado imposible de evitar.

Organicé mi ropa y utilitarios de aventuras en una ligera mochila para viajar. Un buen día le pedí a mi esposa que me despierte a las 3 am. Así lo hizo y ya para las 5 de la madrugada tenía todo listo, el dinero, mis documentos, la mochila, etc. etc. Pero, sobre todo y lo más importante fue que me sentía infinitamente feliz y motivado para visitar Caral.

Aun siendo de noche, me despedí de mi esposa. Al despedirnos en la puerta del departamento ella me dijo: “Osito. ¿Hasta cuando vas a estar poniéndote en riesgo visitando lugares de aventura? Ya no eres un chiquillo”. Le di un beso en la frente y le dije: “Nena, no tengo la culpa, es mi naturaleza, el viento me ha llamado”. Ella movió la cabeza y nos despedimos. Pronto llegó mi taxi y me encaminé rápidamente por las interminables avenidas de la ciudad de Lima, hasta el terminal de buses de Lima Norte, donde tomé un servicio de autos que me llevó hasta la ciudad de Barranca, a través de la carretera Panamericana, en un viaje de aproximadamente 3 horas.

El viaje fue muy agradable, recorrimos la carretera Panamericana con rumbo a Barranca donde me esperaría el grupo del tour para llevarme a Caral. Mi entusiasmo iba incrementándose mientras el auto corría locamente por la carretera y a pedido mío, sonaba la música de los “Doors”, “Bee Gees” y también la encantadora música andina.

La ruta fue un premio para los sentidos y para el alma, a ambos lados de la carretera se podía observar los interminables cultivos que han convertido al Perú en una potencia mundial de exportación de alimentos naturales, al fondo de los cultivos podía ver las dunas y cerros, interminables, infinitos y bellos. Cada cierto tiempo el auto se detenía para que baje o suba algún pasajero. Ellos fueron muy amables, conversamos gratamente y compartimos mutuamente algún bocadillo especial. Una señora me invitó un delicioso alfajor que compró en la parada de la pequeña ciudad de Chancay.

Finalmente, luego de 3 horas de viaje a las 8 y 30 llegó el automóvil de la ciudad de Barranca, la cual me gustó mucho, por la belleza intrínseca a los pueblos de la costa peruana, por la amabilidad despierta y vivaz de sus pobladores. Pensé en tomar un desayuno, pero ya no fue posible. Faltaban 20 minutos para la hora de la partida del tour. Caminando de prisa y preguntando a todo el mundo, finalmente llegué a la Plaza de Armas del pueblo y hallé la agencia de viajes con la cual pacté mi tour por internet. ¡Oh sorpresa! ¡Estaba cerrada! Había un letrero en la puerta que decía: “Cerrado por duelo. Les rogamos su comprensión y les pedimos sinceras disculpas”.

Yo tenía que llegar a Caral sí o sí. Me sentí frustrado y molesto, pero enseguida cambió mi mente y me dije a mi mismo: “¡Llegaré a Caral! Nada me detendrá.

***

Luego averigüé que tendría que ir al pueblo de Supe y luego al poblado de Caral. Me tomé un par de fotos en la plaza de armas y tan pronto como pude tomé un taxi que me condujo al pueblo de Supe en un viaje aproximado de media hora, luego, a falta de una mejor movilidad me encaminé en un mototaxi al poblado de Caral, en un viaje de unos 20 minutos. Ya en Caral, me di cuenta que el poblado era pequeño y sin mayores facilidades para el transporte. Averiguando me dijeron que el parque arqueológico se encontraba a media hora de viaje en moto taxi, desde el poblado hasta el parque propiamente dicho. Me aprovisioné de unos bocadillos y esperé pacientemente hasta que logré tomar un mototaxi que me condujo por una carretera de tierra rodeada de vegetación. El viaje fue motoso, pues debido al estado precario de la carretera el mototaxi se movía golpeando mi cuerpo todo el tiempo. Desde mi asiento pude observar la belleza del valle de Supe y el río caudaloso que lleva el mismo nombre, aunque la mañana estaba calurosa y agitada, la brisa proveniente del río Supe me refrescó lo suficiente como para aliviar el calor y disminuir el sudor. Pese a las dificultades que tuve para llegar, luego de 40 minutos de viaje por la carretera, llegué en el mototaxi al ingreso al parque arqueológico. Me sentí increíblemente feliz, todas mis preocupaciones y molestias desaparecieron e inmediatamente me sentí absorbido por una sensación de paz y despersonalización. Ingresé junto a otros turistas al conjunto, realizando previamente los trámites de ingreso en la recepción del Ministerio de Cultura del Perú. Esperamos unos minutos hasta que un amable guía vino para orientar nuestra visita. “Bienvenidos a Caral amigos. Es la ciudad más antigua de la humanidad”. ¡Qué bien que me sentí! Fui absolutamente feliz en tales momentos.

El ambiente de recepción del Ministerio de Cultura era amplio, cómodo, muy bien organizado. Lo que más me agrado fue el museo de sitio en el cual se exhibían algunas piezas de gran valor halladas en el conjunto arqueológico, fotografías, mapas y otros elementos que le dan al turista una idea previa de lo que es el conjunto arqueológico.

Luego de este proceso, el guía nos fue conduciendo por unos senderos bien demarcados con piedras por una gran explanada. Nos detuvimos a sólo unos metros del ingreso. Entonces me puse a observar y respirar. No sé qué pasó, pero mi mente se borró, se puso en blanco e inmediatamente me conecté con el lugar. Respiré profundamente y observé la gran ciudad que cubría muchas hectáreas, era una gran explanada ubicada en la cima de una colina. A uno de los lados estaba demarcada por el valle de Supe y el bello río que corría milenariamente pasando en su trayecto por uno de los lados de la ciudad. Del río provenía un olor a plantas tropicales, a agua, a naturaleza, a bendición de Dios. El río producía un constante murmullo tranquilizante, venía una brisa refrescante para el cuerpo y el alma. Permanecimos prácticamente media hora en esta observación del entorno. Al otro lado, se encontraba el mar, el océano pacífico, aunque algo lejano, se podía divisar en el horizonte como una gran extensión azulina, verdosa y blanca que se unía con el cielo, dándole al lugar un marco increíble. Llegaba desde el mar una brisa suave, unida a un murmullo constante muy tenue pero permanentemente tranquilizador. Desde el mar también llegaba un suave aroma, a amor eterno del universo. Las dos brisas, la del río y la del mar le daban a la gran ciudad un clima tibio y refrescante a pesar que Caral está en una colina muy calurosa por estar en la costa. El clima y las brisas, le daban a la locación una condición incomparable. Desde el inicio tuve la sensación de que ese lugar era el cielo. Todo el tiempo me sentí curado, sanado y unido al universo. No hablamos casi nada con los turistas, todos estábamos hipnotizados y extasiados por lo increíble del lugar.

Luego de haber observado el magnífico entorno, el guía nos pidió que lo siguiéramos a través de los senderos trazados y delimitados por piedras, para que los turistas no dañen las estructuras. El guía era un señor de unos cincuenta años, típicamente peruano, muy conocedor de los detalles históricos, antropológicos y religiosos del lugar. Amable y didácticamente iba guiándonos por el bello lugar, haciendo paradas de rato en rato para explicarlos aspectos y detalles para responder a nuestras preguntas.

Hicimos varias paradas en las edificaciones principales de la ciudad. Algunas eran muy sencillas en su construcción, pero muy complejas en su concepto. Nos detuvimos a observar lo que podría llamarse un reloj, pero el guía nos dijo que no sólo era un reloj sino también un observatorio astronómico, pues demarcaba con precisión las estaciones del año, según la posición del Sol, la Luna y las estrellas. En otra de las paradas observamos las viviendas familiares, las cuales eran muy sencillas, pues contaban tan solo con ambientes donde los habitantes podían dormir y un lugar contiguo donde era posible cocinar. Esta situación, según pude deducir ya no constituía una vivienda en sí misma, sino un lugar al cual los habitantes podían volver a descansar y eventualmente a alimentarse. La verdadera vivienda de los habitantes de Caral, era toda la ciudad. Nadie se “quedaba en casa” todo el día como en nuestra cultura actual donde podemos quedarnos en casa uno o más dias para descansar o simplemente cuando no deseamos salir. Los ciudadanos de Caral vivían en comunidad, lo cual garantizaba entre otras cosas, una igualdad social increíble, pues la mayor parte del tiempo se alimentaban juntos, todos trabajaban salvo los niños, los muy ancianos y enfermos. Los sueldos o salarios no existían en ningún tipo de moneda, a cada familia y habitante le entregaban una cantidad suficiente de los menesteres necesarios para la vida, vivían en una sociedad comunitaria. Existía una clara diferenciación entre las Jerarquías, el ejército, los sacerdotes, los agricultores y los trabajadores. Era una sociedad muy diferente a la nuestra. El centro de todas sus actividades era la religión. Adoraban al Sol, a los astros y comprendían la vida desde un punto de vista espiritual.

Conversando acerca de su gastronomía el guía nos dijo que según los hallazgos ellos consumían todo tipo de peces de río y de mar, plantas y frutas que cultivaban en el valle de Supe y aves variadas que aún hoy habitan en el valle. Entre las comidas que consumían me llamó la atención cuando el guía nos dijo que uno de sus platillos favoritos, estaba hecho de “Tucán” el cual actualmente no es un ave de consumo, sino decorativa debido a su belleza. No sé… tengo la sospecha que la abundancia de frutos cítricos del valle: limón, pomelos, naranjas, tumbos y muchos otros, posiblemente tienen que ver con el origen del delicioso Ceviche, estoy casi seguro, pero las investigaciones arqueológicas aún no han podido demostrarlo.

Un detalle que llamó mucho mi atención fue que el guía nos dijo que el origen del idioma Quechua, Aimara y otros de los muchos que se hablan en Perú y de muchos aspectos culturales del Perú fue en Caral, pues esta ciudad era visitada por personas de lugares cercanos y lejanos, ellos llevaban de todo, como contribución y ofrenda e intercambiaban elementos culturales tales como alimentos, lenguaje, costumbres, cosmovisión, instrumentos rituales, musicales, utilitarios y muchos más. Según el guía, Caral es el origen de la cultura peruana. En la ciudad de Caral al lado de los templos existen grandes explanadas, lo cual sugiere que se realizaban danzas, ceremonias y rituales en honor a las deidades.

Caral fue descubierta hace unas pocas décadas y se encuentra en pleno proceso de exploración, aun no se sabe quiénes fueron los gobernantes. Siguen siendo ignorados muchos aspectos. El guía nos dijo que existen localizados por lo menos 16 asentamientos humanos o ciudadelas en el Valle de Supe, pertenecientes a la cultura Caral. Mi predicción es que serán explorados en los siguientes cientos de años. Lamentablemente ya no tendré la oportunidad de visitarlos en esta vida.

Al ver la gran ciudad de 6000 años de antigüedad me di cuenta que la vida de un hombre en términos temporales es sólo un instante, por lo menos lo es en este planeta. Comprendí que lo más valioso es la sencillez, la comprensión, el amor, respeto a Dios y la felicidad. Aquel día Caral cambió mi vida. No he visitado ningún lugar que me impresione tanto y que me dé tanta paz.

El templo principal era una gran pirámide de piedra que mediante escalones permitía ascender hasta la cumbre. Cuando la vi quedé deslumbrado y entonces comprendí que los gobernantes de esta gran ciudad fueron grandes señores, de los cuales aún no se sabe casi nada. Caral es un enigma increíble.

La caminata en la ciudad de Caral duró aproximadamente 3 a 4 horas durante las cuales visitamos los diferentes recintos, templos, pirámides, viviendas, áreas de cultivo y crianza de animales, observatorios y construcciones cuyo objetivo no ha logrado identificarse aún. Durante todo este tiempo el calor de la costa estaba muy fuerte; sin embargo, debido a la cercanía de Caral al río Supe y al mar, el cielo se cubría de rato en rato de amables nubes que nos protegían del brillante Sol, las brisas que llegaban hasta la ciudad le dieron un clima muy agradable de tibieza y hasta de frescura. Es necesario mencionar que junto a las brisas llegaban agradables olores a plantas que perfumaban el ambiente de la ciudad.

Al observar las edificaciones y pensar que resistieron 6000 años y sabe Dios cuantos más, me sentí como viviendo en una cápsula de suspensión del tiempo. No pude pensar en ninguno de mis asuntos personales, mi mente se vio absorbida por este ambiente. Para mí fue una experiencia equivalente a regresar al inconsciente colectivo, pero material, presente y yo allí caminando en un sueño hecho realidad.

El guía explicaba tan bien como podía los diferentes aspectos de la constitución y función de la ciudad, mientras con cada explicación yo me convertía en un habitante más de Caral. Estoy seguro que la vida de los habitantes fue cualitativamente mucho mejor a la vida egoísta, peligrosa y satánica que predomina en las selvas de cemento actuales.

Finalmente, la visita terminó cerca de las 4 de la tarde. Salimos del conjunto y yo me alejé de la ciudad en un auto de turistas rumbo a la pequeña ciudad de Supe, distante a media hora. Ya en Supe me instalé en un hostal y luego salí a almorzar. Comí un ceviche preparado al instante, simple y sin complicaciones, en el mercado del pueblo, pero delicioso y natural. Pensé que posible o seguramente los habitantes de Caral comían el mismo ceviche.

Esa noche dormí plenamente feliz. Al día siguiente, muy temprano partí con regreso a la ciudad de Lima a continuar con los afanes de la vida en los tiempos actuales.

FIN

Escrito en Lima. 2023.










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