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El Arenal.
Un año atrás, Roberto decidió irse de
casa y venir a Lima para probar suerte, estaba seguro que
podría abrirse paso como comisionista. Se fue porque la vida
en su familia se hizo insostenible; sin trabajo fijo, con
dos hijos y su ex esposa presionándolo por el asunto del
dinero; arrastrando a duras penas su alcoholismo, y con un
futuro sombrío, no tenía nada que perder. Decidió aprovechar
la última oportunidad que su madre le dio cuando le dijo:
“Roberto, ya tienes 41 años, eres un hombre adulto, te voy a
dar lo último de dinero que me queda para que te vayas.
Debes irte o terminarás en la desgracia. Es tarde, pero aún
puedes hacer tu propia vida allá en Lima”.
Roberto reunió todo el valor que le quedaba y finalmente,
una tarde tomó la decisión de marcharse, preparó una valija
con lo mejor de la ropa que le quedaba, algunos libros, sus
documentos personales, un par de recuerdos, el álbum de
fotos de la familia, y algunas otras cosas. Se despidió de
su madre, se fue al terminal de buses y partió hacia Lima, a
iniciar una nueva vida.
Al llegar a la capital se instaló en una pensión mugrienta
de la Avenida Cuba. Después de algunos meses, aun la pensión
resultó difícil de pagar, mes tras mes su situación se
complicó. Finalmente tuvo que dejar la pensión e irse a
vivir a una habitación, en una casa de la Carretera
Panamericana, en las afueras de Lima, junto a un gran
arenal. Los trabajos que consiguió resultaron un camino al
empobrecimiento y la desesperación; el dinero con las justas
le alcanzaba para comer mal, vestir peor, tomar alcohol
barato de cuando en cuando, y como no, de vez en cuando,
para tomar los servicios de alguna puta barata, de esas que
siempre se presentan en los bares de la Carretera
Panamericana.
***
Aquella tarde estaba rajando de la vida,
renegando de su situación, maldiciendo la suerte chatarrera
que lo trajo a vivir al arenal, remordiendo la decisión de
haber venido a vivir a la capital. Estaba molesto,
soportando la resaca de la borrachera barata de la noche
anterior, pensando en mil y una maneras de ganarse un poco
de dinero para continuar. Cualquier solución sería posible,
pero por la mente de Roberto no había pasado siquiera la
idea de volver a casa, sabía que no hallaría otra cosa que
la vida trágica que lo impulsó a salir. A su edad sería una
vergüenza volver derrotado, así que, todos los domingos,
tomaba valor, unas monedas, y llamaba a su madre. Le decía
que las cosas eran difíciles pero, que estaba bien, en pos
de implementar un negocio propio.
-Roberto, hijo mío, sé que no estás bien, algo me lo dice,
sueño mucho contigo. -Le dijo su madre en la última
conversación telefónica que tuvieron.
-No mamá, son solamente tus temores, no
te puedo decir que estoy de maravillas, pero estoy logrando
salir adelante. Ahora estoy viviendo en la avenida La
Marina, he mejorado un poco, te mandaré un paquetito la
siguiente semana, no te preocupes.
-Contestó Roberto.
Desde que se instaló en el arenal, Roberto trabajó en mil
oficios. Cuando se comunicó con su madre estaba trabajando
de cuidante de un local nocturno, trabajo que realizaba tres
veces a la semana, pues, lo compartían entre dos personas.
Sin embargo, las últimas semanas, el trabajo se deterioró
tanto que a veces, sólo lograba obtener algún sencillo. La
gorda dueña del local y administradora de las prostitutas,
despectivamente le decía: “Escúchame atentamente Roberto, si
no te gusta, te puedes largar, ya no vengas, aquí nadie te
necesita, un serrano borracho como tú no sirve para nada, si
vienes es porque quieres, te hago un gran favor en pagarte”.
Aquella tarde en su cuarto, su situación y la terrible
resaca resultaron demasiado. Se puso a pensar en lo peor. Se
levantó de la cama y apresurado se cambió, pues el hambre lo
apuraba. No había comido desde la noche anterior, pues gastó
sus últimas monedas en tomarse unos tragos. “Y ahora… ¿Qué
voy a hacer? ¡Carajo!”, se decía, mientras trataba de
vestirse, pasable, para no espantar a la gente y conseguir
alguna chambita para comer. Luego de vestirse encontró en el
bolsillo de su camisa, la mitad de un cigarrillo y se puso a
fumar, para tomar valor y salir a buscar algo.
***
Mientras fumaba, escuchó ruidos en la
calle. Entre ellos destacaba el sonido de una corneta que
entonaba animadas tonadas militares. Apuró el cigarrillo y
salió a ver de qué se trataba. Lo que vio fue un viejo
camión que se había detenido muy cerca de la casa, en el
arenal. Se acercó y se quedó mirando la instalación. Ubicó
al tipo que tocaba la corneta; era un gordo que colocó la
corneta a un lado y con la ayuda de otras personas que
llegaron con él, bajó del viejo camión un letrero pintado en
un trozo de lata desteñida que decía: “Gran Circo Fantasy”.
Roberto vio que tenían problemas para estabilizar el
letrero. Voluntariamente se acercó para ayudar. Cuando el
letrero estuvo ya en el suelo, el gordo de la corneta, dueño
del circo, le agradeció:
-Gracias hombre, quédate a ayudarnos hoy y gánate una buena
cena y un dinero, ¿qué dices?
-Claro, por supuesto, claro que sí.
-Contestó alegre Roberto.
La tarde transcurrió en interminables ajetreos; cargando
muebles, tablas, bancas e instalando la carpa. Era evidente
que se trataba de uno de esos circos de mala muerte que dan
vueltas por los pueblos olvidados. Pero, de alguna manera le
permitiría a Roberto solucionar su problema, por lo menos su
problema inmediato. Se habló poco esa tarde, se logró
colocar la carpa y algunos elementos grandes de la
instalación, pero faltaba seguir trabajando al día
siguiente. Antes de finalizar el trabajo, el gordo se acercó
para hablar.
-Roberto, ¿es tu nombre verdad?
-Sí, me llamo Roberto.
-Mira hermanito, trabajas bien. Si tienes
algo de tiempo, puedes ayudarnos unos días, en la
instalación del circo y en algunas cositas. No sé…No te
puedo ofrecer una buena paga, mira cómo estamos aquí, en las
últimas, pero tú no estás tan bien que digamos, ¿no es
cierto? Por lo menos aquí tendrás de comer y algún
dinerillo.
-Bueno, está bien, los ayudaré por unos
días, la verdad es que lo hago por necesidad, pues soy
Administrador de Negocios.
-¡Ja,ja,ja,ja,ja,ja! -Fue la respuesta
burlona y cachacienta del gordo y de algunos trabajadores
que estaban cerca.
Después del primer día y de haber recibido una compensación
por su trabajo, se fue a su cuartucho a dormir, pues sabía
que al día siguiente tendría que trabajar fuerte.
Efectivamente, al siguiente día tuvo que trabajar duro y
fuerte, atendiendo a las órdenes del dueño:
-¡Vamos, hoy en la noche inauguramos la primera función!
¡Roberto, las butacas, las verdes, esas son para la parte
delantera!
Roberto trabajó duro y fuerte. Al llegar la noche la
instalación estaba terminada, pero faltaba limpiar, de forma
tal que se decidió que las funciones se iniciarían al día
siguiente. Desde muy temprano en la mañana, al igual que el
día anterior, se trabajó duro y fuerte en la limpieza del
circo. Durante la tarde, los habitantes del arenal se
reunieron a mirar la instalación, ansiosos por saber cuanto
tendrían que pagar para ingresar. Roberto los miraba y se
preguntaba: “¿De dónde cree el gordo que ésta gente mísera
va a conseguir dinero para pagar las funciones?”
-No seas tonto Roberto –le advirtió el gordo como leyéndole
la mente-, los padres siempre conseguirán unas monedas,
siempre hay clientes para el circo. Pero claro, aquí, lo que
se cobra es muy barato, lo justo para seguir viviendo y nada
más. Si no tienen dinero te pagan con gallinas, chanchos o
lo que sea.
Durante la tarde Roberto ayudó en la publicidad. Salió en
una bicicleta implementada con un megáfono a gritar por los
senderos del arenal:
-¡Sí amigos, sí, ya llegó el Gran Circo Fantasy, vengan hoy
mismo, junto a la carretera! ¡Dos por uno, por estreno!
Después de dar varias vueltas en la bicicleta, decidió
regresar al circo, pues sólo faltaba una hora para el inicio
de la primera función. Mientras regresaba recordó unos
episodios de su juventud, cuando aun vivía su padre y su
familia estaba en buena situación. Su padre lo envió a
estudiar Medicina Humana a Santiago de Chile; recordó que en
una oportunidad se instaló un circo cerca de su
departamento, ubicado en el Jirón Ahumada, allá, en el
centro de la capital chilena. El circo de sus recuerdos
tenía leones, grandes estructuras metálicas, una carpa
reluciente, chicas hermosas, un aristocrático mago, y toda
clase de artefactos para ofrecer una gran función, no como
éste, que más parecía la carpa de un grupo de trogloditas
que un verdadero circo.
Guardó la bicicleta en la carpa y se dispuso a mirar la
función. Los niños y sus padres comenzaban a ingresar. En
sus rostros y en su presencia se podía ver el rostro de la
miseria del arenal. Roberto se sentó y se puso a comparar el
circo de sus recuerdos con éste. “Debí quedarme en Chile y
no tendría que estar en esta presentación de mierda”
-Pensaba- Sus devaneos mentales fueron interrumpidos por el
dueño del circo, acercándose le dio una palmada en la
espalda y le dijo:
-¡Vamos Roberto, deja de pensar en tonterías, la función va
a empezar en unos minutos, tienes que actuar hombre, ya eres
parte del circo!
-¡Cómo! ¿Yo?
-Sí, tú, tienes que actuar. Yo ya estoy
cansado, son más de veinte años actuando, talvez tú muchacho
podrás quedarte en mi puesto. Ve al cuarto y cámbiate, allí
está tu traje. Cuando te llame ingresas. ¿O no deseas
trabajar?
-Sí claro, pero… ¿Qué voy a hacer? No soy
actor de circo.
-Vamos Roberto, cuando comencé yo tampoco
era actor de circo, sólo era un hombre necesitado, igual que
tú lo eres ahora, tienes chispa hombre, siempre hay una
primera vez. Cámbiate en el cuarto, todo está listo.
Roberto se incorporó, y sin salir de su sorpresa, ingresó a
la habitación de los trajes para cambiarse. Sobre una
silleta encontró unos chistes escritos en un papel y un
vetusto traje de payaso. Al ver el traje y los chistes
comprendió inmediatamente lo que se requería de él, lo pensó
un momento, más luego de unos segundos, se llenó de valor y
salió a trabajar... para seguir viviendo.
FIN
Escrito en Cusco. 2003. - Autor: David Concha Romaña

José Luís Morales Sierra. “Desconcierto y música de la tez”
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