Colección Musical

SUEÑOS DE AYAHUASCA.

La Humildad.

Aquella noche, luego de haber tomado la bebida sagrada y encontrándome ya en el trance de ingresar al mundo espiritual del Ayahuasca, tuve una visión muy especial.

Me vi caminando por los cerros que rodean el pueblo de Pisaq. Caminaba apurado por un sendero de caminantes, seguramente estaba tratando de volver a tiempo al pueblo. Mientras caminaba pensando en la prisa que tenía por llegar una voz me detuvo, era la voz de una mujer. Provenía de una de las faldas de un cerro. “David acércate” –Me dijo. Me detuve y volteé a mirarla de frente. Entonces me di cuenta que era una señora mayor, una madre, mi madre, la Madre Tierra que me hablaba. Me acerqué poco a poco, con respeto ceremonial y casi avergonzado. La miré y vi gran tristeza en su rostro.

Ella estaba vestida con una vestimenta andina muy colorida pero sencilla. Ella misma, su presencia, era la proyección de la tierra, era su espíritu que me hablaba. Era la Madre Tierra. Alrededor suyo había unas mantas incas colocadas en el suelo y sobre ellas había flores y productos andinos. En una de las mantas había un montoncito de ocas. A unos dos metros, había un fogón donde hervía agua en una olla de barro.

Observé el ambiente y luego puse mi atención en la presencia de la Madre Tierra. Ella me dijo: “Hijo mío, acércate”. Me acerqué con temor, ella me abrazó tiernamente y me recibió en su regazo. No dije nada sólo recibí su inmenso amor y escuché. Ella me dijo: “¿Por qué estás en pecado hijo mío?” “Eres un buen hombre”. “¿Por qué los hombres están en tanto pecado?”. Entonces se echó a llorar, pude ver sus lágrimas que brotaban de sus arrugados ojos. La Madre Tierra estaba muy triste por mí y también por los pecados de los hombres. Me sentí indescriptiblemente triste por mi situación de pecador y entonces lloré desconsoladamente abrazando a mi Madre Tierra, descansando mi cabeza en su hombro. No sé cuánto tiempo lloré protegido por ella. No hubiera soportado aquel llanto intenso si no hubiera sido por su consuelo. Aquel atardecer ella me salvó la vida, salvo mi alma. Ella lloró conmigo y también me dijo: “Tienes que pedir perdón”. “Si Madre, sí, tengo que pedir perdón”. –Respondí.

Entonces en mi visión me incliné y arrodillé frente al horizonte donde vi al Padre Sol y a la Madre Luna observándome. Entonces, agaché mi cabeza y mentalmente y con palabras, rogué intensamente y con profunda pesadumbre, perdón a Dios, al Padre Sol, a la Madre Luna, y a la Madre Tierra quien estaba allí, junto a mí, confortándome para poder soportar lo duro y difícil que fue para mí, pedir perdón por mis pecados. No porque no quisiera pedir perdón, sino por lo profundo, lo doloroso que es pedir perdón a las deidades. Me sentí tan dolido, tan sangrante en mi corazón, que talvez hubiera muerto en el proceso si no hubiera sido por la piedad de la Madre Tierra.

Sentí que el Padre Sol y la Madre Luna recibieron mi pedido de perdón. Entonces, luego de un tiempo de intensa emoción, sentí que mi pedido fue recibido y luego de un momento, con la ayuda de la Madre Tierra, me pude incorporar. Mientras me acercaba más a ella, me consolé, pero aún me sentía triste.

Una voz, un pensamiento vino a mi mente y me dijo. “Tienes el perdón de Dios. Aunque no lo pidas, Dios siempre te perdonará, él es el perdón. Puedes seguir con tu vida…Estás perdonado”.

Entonces, por unos momentos volví a mi situación de consciencia, volví a mi locación en la ceremonia de Ayahuasca y pude ver cómo logré expulsar mis pecados de mi ser, mediante el vómito sanador. Me sentí muy aliviado, pero estaba llorando intensamente… inconsolablemente.

***

Luego volví a mi encuentro con la Madre Tierra. Ella me dijo. “Toma las ocas hijo y cocínalas en la olla” Tomé las ocas y las coloqué en la olla en la cual hervía el agua. Me esmeré en cocinarlas. Mientras esperábamos la cocción, la Madre Tierra me habló de muchas situaciones terribles de los seres humanos y de lo que le están haciendo a la Tierra, destruyéndola y destruyéndose a sí mismos. Escuchaba y reflexionaba. Cuando las ocas estuvieron listas, siguiendo las indicaciones de la Madre Tierra, las serví en dos platitos de arcilla, uno para ella y otro para mí. Comimos ocas sencillas, dulces, sublimes y llenas de amor. Observé las manos arrugadas de la Madre Tierra mientras tomaba las ocas para comerlas, eran del mismo color de la tierra, luego observé mis manos y vi con complacencia y comprensión que también eran del color de la tierra, comimos callados, humildes y agradecidos la comida más sublime y tierna de mi vida.

Al terminar, la Madre Tierra me observó un momento, me acarició en la cabeza y me dijo: “Puedes ir hijo mío. Vete ya, debes seguir tu camino”. Entonces la miré y entendí que debía ponerme a caminar. Lleno de humildad le di un abrazo lleno de amor y luego seguí mi camino, agradecido por el perdón, por el amor de la Madre Tierra y por la increíble experiencia de amor y humildad que fue para mí cocinar y comer las dulces ocas. Mientras avanzaba por el camino de tierra, comprendí que la humildad es un valor tan bello y sanador sin el cual un hombre no puede vivir.

Mientras caminaba, sólo sentía la humildad y el perdón ayudándome a limpiar mi corazón. Caminé sin hacerme más preguntas ni hacer especulaciones ni planes. No pensé en el futuro, en ese momento no era posible pensar en ello, ni era importante.

Luego de un tiempo indeterminado, volví parcialmente a mi consciencia en la ceremonia. Me sentí agotado y nuevamente expulsé mi negatividad mediante el vómito sanador. Luego, cansado, extenuado espiritual, mental y físicamente, me eché en las matras y me cubrí con mantas. Mi estado se armonizó y dormí en un trance de paz y tranquilidad.

FIN

Escrito en Pisaq. 2018.

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