Después de sus últimas movidas, este
mafioso había permanecido alejado del medio, gastando el
dinero acumulado. Como era una buena suma la que había
amasado de manera sucia en la última campaña, durante largos
seis meses se dedicó a la vida fácil, a deambular por allí,
de bar en bar, en busca de falsos amigos, y de mujerzuela en
mujerzuela, en busca de amor, aún sabiendo que lo único que
encontraría en las mujerzuelas es una fantasmagoría de lo
que es el amor, un poco de pasión, por lo general, algo de
buen sexo… y muchos, muchos problemas. Por supuesto, no hay
dinero que aguante tal vida.
Finalmente en la noche de un día cualquiera, estaba
nuevamente solo y sin dinero, enfrentado consigo mismo en su
domicilio, observando como la mala vida iba minando su ya
deteriorada salud. Total, a sus 52 años ya no podía presumir
de su estado físico.
A la mañana siguiente despertó temprano, preparado a salir
nuevamente a las calles para conseguir dinero. Se vistió con
un elegante terno beige, una camisa de seda de color azul,
zapatos negros italianos y una fina corbata a cuadritos, se
perfumó con una fina colonia, de esas que tienen los nombres
de los artistas. Mientras se peinaba, se miró al espejo y
vio que aún estando algo viejo, conservaba bastante de la
buena pinta que lo acompañó en su juventud y que le sirvió
para engañar a tantas mujeres e intonsos. Era un tipo de
buena presencia, era alto, relativamente atlético, de
cabello negro con ligeros rizos, de rostro italiano, mirada
profunda y penetrante, buen carácter, alegre por naturaleza,
bonachón y hasta podría decirse, forzando las cosas, que era
buena gente. Quien lo viera directamente a los ojos podía
creer que era una buena persona. El pensaba para sí mismo
que era una buena persona, que se había perdido por las
circunstancias, y que esas mismas circunstancias explicaban
la mala y licenciosa vida que llevaba. Pensaba que tarde o
temprano saldría de esa vida y se establecería en un negocio
lícito; que le pediría perdón a su mujer y volvería a casa a
retomar su vida familiar, rota hace varios años ya; que
regresaría a la iglesia de sus padres para reencontrarse con
el Dios que conoció en los años de su infancia; que algún
día terminaría sus estudios en la facultad de letras para
ejercer su profesión; que desarrollaría cada uno de sus
proyectos vitales tirados al foso del olvido; que dejaría el
licor y las mujerzuelas para vivir bien, como debe ser.
Antes de salir, se puso lentes de sol, tomó su reloj de
pulsera y un elegante maletín que contenía puras mentiras.
De esta manera se fue en un taxi a las oficinas de
Migraciones, pensando en el camino: “Esta vez me estableceré
en un negocio decente”. Al llegar a la zona lo primero que
hizo fue dar una que otra vuelta por las inmediaciones,
observó a las damas, las jovencitas, los ancianos y los
provincianos desorientados que hacían cola en la puerta de
la oficina, para obtener el pasaporte que les permitiría
dejar el país en busca de un futuro promisorio en Estados
Unidos, Italia, Japón, o cualquier otro país desarrollado.
Mientras caminaba, sus ojos furtivos de lobo se detuvieron
en una jovencita inocente y ansiosa, El lo sabía, caería
como cae una manzana madura del árbol. Su corazón comenzó a
palpitar con fuerza y una maliciosa sonrisa se dibujó en su
rostro. Mientras se acercaba hacia la jovencita, el mafioso
iba pensando en sus intenciones de instalarse en un negocio
limpio, pero sólo eran pensamientos. Sólo eran
aterciopeladas fantasías. Aceleró el paso hasta que llegó a
ella. Se las arregló para ponerse detrás suyo en la cola.
Luego de respirar profundamente, supo que había hallado a su
primera presa, le dio una ligera palmadita en el hombro, e
inicio hábilmente el ejercicio de su oficio de estafador
profesional.
FIN.
David Concha Romaña
2010

"Retrato". Cristina Zanchetta. España.
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