| |
FELICIDAD
Un domingo en la tarde, después del almuerzo, me llamaron
unos compañeros de la universidad para invitarme a una
fiesta de domingo. Tomé unos discos y salí a su encuentro,
nos juntamos en uno de los paraderos de la universidad.
Desde allí, fuimos caminando rumbo a la casa donde
realizaríamos la reunión; avanzamos por las urbanizaciones
encontradas que trepan los cerros detrás de la universidad.
Finalmente, los cuatro: Antonio, César, un hippie llamado
Joseph y yo, llegamos al lugar.
La casa era típica del cerro, construida de adobe, con un
salón grande desde cuyas ventanas podía verse la ciudad. En
el salón había un equipo antiguo sobre el cual estaban las
fotos de los padres de familia y las hijas. Los padres
habían salido de viaje y la casa se encontraba totalmente
libre, a cargo de las hijas, quienes eran dos hermanas,
choclonas pero buenazas y recontra jugadoras. Se encontraban
también dos amigas, un poco más inocentes pero igual de
buenas. Todo había sido planeado por las hermanas, cuatro
chicas, cuatro amigos… Sin embargo, no todo sería tan fácil,
de todas maneras había que ser zalamero, astuto y sobón con
las chicas para lograr nuestros propósitos.
Como nosotros éramos prometedores jóvenes, bien vestidos y
con apariencia de niños ricos, (excepto el hippie Joseph,
quien era un loco sin remedio), las chicas nos dieron toda
la bola del mundo. Comenzamos la reunioncita con música,
compramos dos botellas de vodka “Filadelfia” que mezclamos
adecuadamente con jugo de naranja. Pasamos la tarde en un
ambiente iluminado por la tenue luz que producía el sol al
pasar por las cortinas, tomando unos tragos, fumando
cigarrillos, conversando, dejándonos llevar por los humores
del vodka y la sensualidad de la reunión. Por la ventana se
veía la parte sur de la ciudad, sin embargo, dentro de la
casa nos sentíamos en completo anonimato, alejados del
mundo, como si nada ni nadie podría impedir que diéramos
rienda suelta a nuestros deseos.
En el equipo colocamos discos de 45 revoluciones, de esos
que ahora parecen de la edad de piedra, pero sonaban bien.
En cierto momento estaba sonando "Demonio enamorado",
mientras yo miraba tranquilamente cómo nuestro amigo, el
hippie Joseph bailaba, forzando sus movimientos,
sobreactuando, como para validar su condición de hippie,
deseoso de mostrar que era un hippie de buena calidad.
Al terminar la tarde, ya estábamos debidamente motivados por
las copas, ya no queríamos bailar, la luz natural del sol se
terminó y la sala quedó iluminada por la luz del cercano
farol de luz de la calle y la Luna llena. Por la ventana
observé las estrellas, entre las que destacaba la Cruz del
Sur que se distinguía al fondo del firmamento. Pusimos uno
tras otro, discos de música romántica, generando un ambiente
propicio. Una de las chicas finalmente se quedó conmigo. Al
sentarse junto a mí, comenzó a enseñarme sus pulseras,
estaba con un polito sin mangas que dejaban ver sus brazos
sensuales, tenía un cuerpo maravilloso y estaba dispuesta a
todo. La miraba, acariciaba y conversábamos tranquilamente
llevados suavemente por el vodka. No hablamos mucho más y
comenzamos a besarnos tiernamente, sin compromiso,
simplemente nos besábamos mientras avanzaba la noche y se
terminaba el vodka.
Los demás se perdieron en las diferentes habitaciones de la
casa. En el equipo sonaba suavemente la canción de James
Taylor, "México". Con un vaso de vodka en la mano la llevé a
una de las habitaciones e hicimos el amor. Flaquita y suave
ella y yo fuerte e impetuoso; hicimos el amor sin pensar en
nada más que en el placer sensual. Hasta nuestra habitación
llegaba el sonido de la música desde la sala, en ese momento
estaba sonando “Under the fire” y otros temas clásicos de
aquella temporada. Después de una hora volvimos al salón,
precariamente vestidos, chascosos, sonrientes y muy
cansados. En el salón la música seguía sonando y las otras
parejas ya estaban instaladas tomando los últimos tragos,
nadie hablaba, nos reímos sin motivo, nos miramos las caras
con picardía y vergüenza.
A las diez de la noche, decidimos irnos. Nos despedimos de
las chicas, prometiéndoles llamarlas... Luego en la calle,
caminamos unas cuadras, hasta que decidimos que una velada
tan magnífica no podría terminar así, queríamos ir a comer.
Así que tomamos un taxi y le pedimos al chofer que nos deje
en la casa de César, quien sacó el auto de su padre y nos
fuimos en busca de una gran cena.
***
Ya abordo del auto comenzamos a gozar de la estridente
música rock que nos regalaba el equipo de sonido, estaba
sonando "Oh Carol" de All Stuart. Nos animamos a dar unas
vueltas por el centro de la ciudad. Antes de ir a cenar, los
desquiciados tomaron nuevos bríos y César comenzó a conducir
el auto hacia San Sebastián, a toda velocidad, haciendo caso
omiso de mi pedido para ir a cenar ya.
Llegando nos adentramos en una de esas callejuelas y nos
detuvimos. No había nadie alrededor, sólo oscuridad y el
ruido de las discotecas, quintas y bares del lugar, y por
supuesto, el sonido del equipo del auto. Joseph nos invitó
un gran cigarro y sin pensarlo dos veces, lo fumamos todo,
entre los cuatro giles, fue todo un golpe de suerte. Sería
las 11: 40 de la noche y comenzamos a bacilar a forro.
Estuvimos un largo rato hablando tonterías, riéndonos
descontroladamente. Luego de una hora de conversación y
carcajadas, nos invadió un hambre imposible de dominar, de
esas hambres proverbiales que atacan a los universitarios en
las noches de diversión.
Finalmente decidimos ir a comer. A sugerencia de César nos
fuimos al chifa “Los Angeles”. Nos atendieron al auto, un
gigantesco plato de chifa para cada uno. Comimos como si
fuera la última vez, con el hambre justo para la ocasión.
Mientras comíamos seguíamos bacilando y conversando:
“Hermanito –hablaba Joseph riendo- ¿Te imaginas tirarte una
cola de hembritas?, las más ricas, tú tendrías el don
someter a las mujeres mediante la mirada, todas se
entregarían a ti sin objeciones. Ellas pagarían los gastos y
la pasarías bárbaro loco. ¿Te imaginas? ¡Jajajajajajajajajajajajaja!”
Así, entre risotadas y locas ilusiones, subimos la avenida
de la Cultura, muy lentamente, pues estábamos demasiado
divertidos como para correr, llegamos a mi barrio, me
despedí de los muchachos y me bajé del auto.
-Mañana nos vemos a las diez en la
universidad. –Me despedí.
-Chao, nos vemos mañana. –Contestaron.
Después de despedir a los muchachos, caminé la cuadra que
faltaba para llegar a mi domicilio; en medio del calor
propio del mes de octubre, sintiendo una especie de fiebre y
confusión de fantasías sexuales en mi mente, caminando entre
las nubes y sin ninguna preocupación en mi mente, entré a mi
casa.
***
Eran las 12:50 de la noche. Subí a dormir. Al paso me jalé
un gran vaso de leche fría y pastelillos que me había
guardado mi madre. Prendí el televisor y estuve viendo de
todo por unos minutos, me tomé la leche y comí los
pastelillos, apagué el televisor y dormí como un angelito.
Desperté como a las ocho de la mañana, pensando en asistir a
mis clases de las diez y presentar mi exposición sobre
"Tótem y Tabú" de Sigmund Freud. Me estaba restregando la
cabeza en la almohada para sentirme despierto; aún me reía
de nada, comencé a levantarme repasando las gratas
experiencias de la jornada de aventuras. De pronto, llegó a
mí el suave olor a leche hervida y escuché el llamado de mi
amable hermana. Bajé a tomar el desayuno... Ya era un nuevo
día, y para iniciarlo, me sentía como nuevo y lleno de
felicidad.
FIN
Escrito en Cusco. 1994. - Autor: David Concha Romaña

Rafael Larrea Uribe. "Buscando el Claro"
|
Arriba |