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Sobrevivientes
Pensé que moriría, pues llevaba días buscando una salida en
la oscuridad sin hallarla. Lo último que comí fue la
hamburguesa que llevaba aquel día en el maletín, mi última
bebida fue una botella de refresco que adquirí junto a la
hamburguesa, desde entonces, talvez hace unos diez días o
más, estuve sin comer, tuve que beber agua de donde pude
para no morir de sed. El día en que con mis últimos alientos
aún estaba buscando una salida, deambulaba en el ambiente
como un autómata, chocando contra las paredes, tanteando en
la oscuridad. Tenía el sistema respiratorio irritado por la
absorción del polvo del derrumbe, mi lengua parecía una
suela de zapato, pues estaba seca, irritada y adolorida. Mi
cuerpo estaba lastimado en todo lugar, pues cayeron sobre mí
una cantidad incontable de piedras y ladrillos. Me dolía
terriblemente la pierna izquierda, no podía mover el hombro
derecho y no sentía los dedos de mi mano izquierda. Me dolía
atrozmente la pierna derecha, no podía mover el brazo
izquierdo desde el codo, sentía un adormecimiento en los
dedos de uno de los pies. Los ojos me dolían terriblemente,
ya no tenía lágrimas pero sentía como si estuviera
lagrimeando permanentemente, tosía todo el tiempo, pero aún
así, avanzaba en medio del laberinto de escombros, buscando
una salida.
Ese día pensé que me esperaba la muerte pues me sentía tan
lastimado, cansado y débil que ya no me quedaban fuerzas. El
hambre voraz que me torturó los días anteriores, se
transformó en una añoranza, recordaba la comida como quien
recuerda a los amores de la juventud, en mi deteriorada
mente, se dibujaban los más ricos potajes, me consolaba
pensando en las delicias de la comida peruana: “Chupe de
camarones, lechón, adobo, cordero al horno, y hasta el
simple pero delicioso pan del pueblo de Oropesa”. Estas
fantasías formaron mi universo de alucinaciones producidas
por el hambre. De la sed ni qué decir, era como si me
faltara el oxígeno, felizmente en tres o cuatro ocasiones
encontré agua en tuberías o charcos que bebí hasta el final.
No sabía qué diablos había sucedido. Lo último que recuerdo
es que ingresando al edificio de la “Thomsom Foundation” una
gran luz iluminó el horizonte, fue como si el sol hubiera
estallado en mil pedazos, obligándome a cerrar los ojos,
luego un terrible ruido atronador cual si fuera el rugido
del infierno, retumbó en mis oídos, luego llegó una honda de
fuerza que me lanzó contra una pared y todo se destruyó en
mil pedazos, perdí la consciencia y cuando la recobré estaba
perdido en un laberinto de oscuridad y escombros. No fue un
terremoto, fue algo peor. ¡Mucho peor! Pues en un instante
todo explotó sin darle a nadie la más mínima oportunidad de
protegerse. Sin embargo aún sostenía mi maletín en la mano
derecha, gracias a este hábito de nunca soltar el maletín,
tuve la hamburguesa y el refresco.
Uno de tantos días, escuché una quejumbrosa, desesperada y
lastimera voz de una mujer que gritaba en alguno de los
laberintos de escombros. “¡Ayúdenme por favor! ¡Agua por el
amor de Dios!”. Aunque intenté gritar, de mi garganta no
salió más que un ronco y sordo ruido que más parecía el
sonido que produce una radio malograda, aunque lo intenté,
no di con la mujer. Luego de un tiempo dejé de oír su voz.
La pobre murió, tal como yo hubiera muerto de no haber
hallado una salida.
El día en que encontré la salida, estaba a punto de
desfallecer, hasta que sentí un olor a llantas quemadas,
traté de seguir el olor, mi olfato cual el de un lobo, me
guió hasta la salvación, -es increíble la manera en que los
instintos se agudizan cuando uno está en una circunstancia
crítica-. En cierto punto distinguí una luz mortecina que
ingresaba hasta el laberinto de escombros, al llegar al
punto de luz, observé que había un hueco que conectaba con
el exterior, no era suficiente para que pudiera atravesar,
pero me permitiría trabajar hasta lograr quitar los
suficientes escombros.
Tomé un fierro de construcción y con su ayuda trabajé
retirando los escombros. No tenía fuerza, no tenía aliento,
¡pero quería vivir! Y entonces después de largas horas de
trabajar poco a poco, logré arrastrarme hasta la superficie.
Al salir, esperaba encontrar la luz y el calor del sol, pero
sólo hallé una atmósfera semiobscura, a través de la cual se
veía el sol que parecía una gran bola que despedía luz
verde, la atmósfera estaba obscurecida por millones de
toneladas de humo y polvo de escombros. Respiré
profundamente, más el aire que aspiré era tóxico y
maloliente, olía a muerte, destrucción y contaminación,
apenas contendría una dosis de oxígeno que me permitía
seguir viviendo.
Al salir me ubiqué visualmente, aún estaba en la gran “26
Avenue” pero todo estaba destruido, había cadáveres por todo
lado, esqueletos de automóviles tirados en lo que fue la
pista, y en medio de los escombros salía humo de todos lados
y aún permanecían vivos algunos incendios.
Caminé tambaleante en busca de alguien. A unos cien metros
divisé a un grupo de personas que entraban y salían
agitadamente de un lugar. Al llegar al lugar, alguien se
acercó a mí y me ayudó, me hizo sentar sobre una vereda y me
alcanzó una botella de agua mineral y un paquete de papas
fritas, bebí con avidez, pero apenas pude comer unas cuantas
papas fritas.
Luego de unos minutos, se acercaron más personas, una diez o
quince, entre mujeres, niños y varones. Salieron de un
supermercado, llevando todo lo que pudieron rescatar del
desastre. Parecían disfrazados para una fiesta de noche de
brujas, tenían heridas, su rostro estaba ennegrecido por la
atmósfera contaminada hasta niveles increíbles, estaban
desesperados, pero estaban vivos. Hablamos un momento, hasta
que pregunté:
-¿Qué ha pasado? ¡Qué ha causado éste tremendo desastre!
¡Qué ha pasado con el mundo! –Pregunté intrigado.
-¿No lo sabes aún? Han sido esos hijos de puta de los
políticos. Han sido esas malditas bombas las que han
destruido todo. La guerra esta vez nos dejará sin mundo en
el que vivir. –Me dijo un señor mayor, con expresión de
desaliento y molestia.
-¿Y mi familia? ¿Y mi vida? –Pregunté incrédulo.
-No hay más nada, somos sobrevivientes. No hay más gente que
la que podamos hallar en el camino. Tenemos que ir hacia la
costa, allá habrá una oportunidad de comenzar de nuevo.
Incrédulo me incorporé y uní al grupo, mientras caminaba
junto a ellos, avanzando en medio de los destrozos de la
ciudad, escuchamos un ruido ensordecedor que pasaba sobre
nuestras cabezas, al mirar asustados hacia arriba vimos que
se trataba de un gran helicóptero de la armada. Era una gran
nave de metal ennegrecido por los humos de la destrucción,
iluminada por luces rojas y verdes, parecía una gran
cucaracha del infierno. Se mantuvo sobrevolando por unos
minutos, hasta que una voz que salía de unos parlantes
emitió un fuerte mensaje, mientras caían bolsas de
provisiones:
-¡Todo está controlado, pronto solucionaremos vuestros
problemas, ayuden a los heridos y no saqueen los
supermercados! –Repetían una y otra vez los altoparlantes,
mientras los que estábamos cerca les gritábamos a viva voz:
-¡Cállense malditos y tráguense vuestro helicóptero!
Luego de gritar todo lo que pudimos, el helicóptero se alejó
produciendo un ruido atronador, no nos quedó más remedio que
resignarnos y recoger las bolsas de provisiones. Una vez más
observé la destrucción del entorno y la oscuridad del cielo
producida por la contaminación. No me quedaron dudas, la
guerra había llegado.
FIN
ESCRITO EN CUSCO. 2003. - Autor: David Concha Romaña

José Luís Morales Sierra. "El hombre"
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