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La Serpiente del Paraíso
Era nuestro quinto día en la selva y no
sabíamos qué más hacer, el bus partiría en la noche,
teníamos el día entero para esperar. Nos levantamos temprano
para tomar un suculento desayuno y programar el día. Si no
conseguíamos un plan, no nos quedaría más remedio que
permanecer en el pueblo, dando vueltas, descansando en el
jardín del lodge, tomando cervezas, comiendo y soportando el
calor. A nadie se le ocurrió ningún plan, lo mejor que se
nos vino a la mente fue pasear por el pueblo e ir a la feria
a comprar productos de la zona.
Mientras nos atendía, la dueña del lodge
se dio cuenta de nuestro problema y se acercó para
proponernos un plan:
-¿Les gustaría ir a pasear a Santa Rosa
de Huacaria?
-¿Santa Rosa de Huacaria? -Preguntó Giacomo.
-Sí caballeros, la comunidad Santa Rosa de Huacaria es muy
interesante, queda a diez kilómetros de caminata, pero deben
llevar un guía. -Añadió la señora.
Yo pensé: “¡No puede ser! ¿Cómo se
imagina esta mujer que voy a caminar diez kilómetros, si
ayer casi nos hundimos en la balsa tratando de llegar al
Pongo de la Calavera?”. Para sorpresa mía, mis compañeros,
Giacomo y Cristian recibieron la noticia con beneplácito y
se apuraron en alistar un par de cosas para la caminata.
Tuve que unirme al grupo, a pesar del cansancio y las
innumerables picaduras que me hacían pesado el caminar. La
verdad es que estábamos fascinados con la selva, nos corroía
la sed de aventuras.
Menos de media hora después de haber conversado con la dueña
del restaurante, estábamos iniciando la caminata, ataviados
con nuestras cámaras fotográficas, mochilas, prismáticos,
agua mineral y fruta para el camino. Nos encaminamos
siguiendo a Jacinto, joven nativo que nos servía de guía.
Flaco, moreno, de buen carácter y con una resistencia
increíble para caminar. “¡Si nos apuramos llegaremos en tres
horas, a caminar!”. -Nos dijo. Partió sin tomar en cuenta
que yo estaba hecho pedazos por el intenso ejercicio de los
días anteriores. Todos, por orgullosos le seguimos el paso,
rápido y sostenido. Nos internamos en la selva por un camino
pequeño e intrincado. La primera media hora fue una tortura,
pues los dolores musculares producidos por el cansancio
parecían incrementarse con cada paso, podía sentir el efecto
que produce el escozor de las picaduras en los brazos y
piernas; no obstante, después de media hora, animado por la
aventura y con los músculos calientes, desaparecieron todas
las molestias. Me sentí reparado y animado. Avanzábamos
gritando frases de rato en rato:
-¡Giacomo mira la montaña! -Grité.
-¡Sí, la estoy viendo, le tomaré una foto! -Contestó.
-¿Crees que el gobierno logrará erradicar los cultivos de
coca? -Pregunté.
-¡Claro que no! ¡Las costumbres ancestrales son resistentes
a cualquier ley o programa de control! -Añadió.
Superando la fatiga, me dediqué a caminar
evitando tropezar o meter el pie en un hueco.
Ocasionalmente, nos deteníamos a mirar los ejércitos de
hormigas que transportaban todo tipo de hojas y flores
silvestres. No pude continuar mirando a las hormigas, puesto
que el guía me dio un fuerte tirón de uno de los hombros,
sacándome rápidamente de mi observación. “¡Atrás, atrás y no
se muevan!” -Gritó mientras daba palazos al suelo.
Volteé inmediatamente y miré
instintivamente. Nuestro guía estaba espantando a una
serpiente, mientras el ofidio se defendía, mostraba sus
colmillos y nos buscaba con su mirada. Mientras Jacinto
luchaba, la serpiente logró atraparme con su mirada, al
mirarla fijamente a los ojos, sentí que el tiempo se detuvo,
fue como si una película dejara de rodar, duró unos
instantes y luego todo volvió a su secuencia normal. Nos
asustamos mucho pero pudimos ver que el reptil cedía y se
internaba rápidamente en la selva, arrastrando su ágil
cuerpo de color verde y café, adornado con figuras
geométricas.
-Es la serpiente Loromachaco doctor, es muy peligrosa, si le
pica tendríamos que llevarlo a la posta médica. -Me indicó
Jacinto.
-¡Vaya, vaya, cosas que uno ve en la selva!
–Protesté mientras emprendíamos nuevamente la caminata, un
poco nerviosos y más apresurados.
-¡No se preocupen señores, sólo ha sido un susto! -Nos
indicó el guía riéndose.
Continuamos la caminata agotados,
esperando llegar ya a la comunidad. Su cercanía nos fue
anunciada por la presencia de turistas que regresaban a
Pilcopata. Pasaban por nuestro lado, sudorosos y agitados;
con expresión de asombro y satisfacción. “¡Buenos días, hola
amigos!”, era la frase que compartimos con ellos. Algunos
pasaban con flechas, otros llevaban collares y adornos que
habían adquirido de los naturales. Ya me imaginaba en la
comunidad, bailando con los naturales, tomando licor de yuca
y conversando de los misterios de la selva.
La última hora de caminata fue tortuosa,
llena de subidas y bajadas. Tuve que improvisar un bastón de
palo para que me ayude a mantener el equilibrio mientras
avanzaba rápidamente junto al grupo, ante la exigencia
inclemente de nuestro guía. Nos detuvimos a pedido de
Giacomo para tomar agua y observar un pantano pequeño. Había
miles de mariposas de todos los colores, me llamó la
atención de manera especial una mariposa azul brillante y
negra, grande y magnífica, no pude más que admirarla y
pensar acerca de su origen ignoto. La caminata continuó.
Jacinto nos dijo que caminaríamos media hora más, ya podía
verse la comunidad, lo cual nos animó y ayudó a mantener el
ritmo apurado de la caminata.
Llegamos al tramo final, que era una bajada, la cual
finalmente nos permitía el ingreso a la comunidad. Desde la
parte alta se veía como un conjunto de chozas construidas en
una extensión talada de la selva. Salió a nuestro encuentro
un pavo selvático de color rojo y verde, que cual perro nos
condujo hasta una de las chozas. Al acercarnos nos atendió
una mujer nativa y varios niños. La comunidad era, en
verdad, un remanso de paz, un lugar adecuado para descansar
observando la espesura e inmensidad de la selva.
Antes de cualquier ajetreo nos sentamos a
comer pomelos y panes. Tuvimos que compartir el refrigerio
con los pavos que deambulaban sin temor. Después de media
hora de descanso reparador, nos acercamos nuevamente a la
choza y entablamos una difícil conversación con los
naturales. Todo lo que querían era que les paguemos el
derecho de visita, y que les compremos los ocasionales
recuerdos, artesanías y otras chucherías. A cambio, nos
permitirían dar un paseo por su comunidad, en especial por
las orillas del río y los viveros. Nos pareció un
intercambio justo, así que le pedimos a la displicente mujer
nativa que organice bien su muestra de artesanía, mientras
nosotros tomábamos un paseo por el río y las zonas
adyacentes. Giacomo me confesó que esperaba una mejor
acogida, situación que también esperábamos Cristian y yo.
Dejando de lado la fría recepción, fuimos a pasear por los
alrededores. El ambiente natural de la comunidad era
fascinante, la vitalidad y variedad de la selva podía
apreciarse en su esplendor, tanto en las plantas como en los
animales y los millones de insectos que hacían un ruido
permanente. Antes de llegar al río, avanzamos durante unos
minutos por un camino de atmósfera especial, era un sendero
lleno de árboles de achiote. Tomé varios frutos y los abrí,
mis manos quedaron teñidas del color rojo intenso que
contiene el achiote. Al volver a la comunidad no nos quedó
más alternativa que adquirir las artesanías. Cristian compró
unos collares, Giacomo compró flechas adornadas con plumas
de aves exóticas, y yo compré un sombrero de paja. Al
terminar la compra le pregunté a la mujer que estaba a
cargo.
-¿No me vas a regalar algo por todo lo que te hemos
comprado? -Tenga, espero que le guste. -Respondió sin
mirarme, y tomando una bolsa grande de fibra, sacó una
serpiente de madera que me entregó.
Agradecí el gesto, la tomé y la puse en mi mochila.
Emprendimos el camino de regresó. Tres horas después
estábamos nuevamente en Pilcopata, listos para preparar
nuestro regreso. Mientras hacíamos tiempo para la partida
del bus, nuestro guía preparaba nuestra cuenta de gastos en
un papel. Giacomo aprovechó su presencia para preguntar
algunas cosas.
-¿Jacinto, la serpiente que encontramos
en el camino, la Loromachaco, es peligrosa? -Le preguntó.
-Sí señores, -respondió Jacinto como despertando de un
sueño, despegando sus ojos de las cuentas- claro que sí, la
Loromachaco es una serpiente peligrosa. Si te llega a picar
y no eres atendido a tiempo, puedes morir en cuestión de
horas, y si llega a mirarte a los ojos, pasarás varias
semanas difíciles, pero luego, esa mirada te ayudará a estar
más sano de la cabeza. Hay personas que no soportan su
mirada y pasan semanas desesperados, esperando que pase el
efecto.
Mientras Jacinto hablaba, recordé
claramente a la serpiente, su gran boca abierta en actitud
de ataque, lista para lanzar su veneno, su cola erizada y
sus ojos mágicos mirándome, durante aquellos instantes
infinitos.
-¡Un momento Jacinto, a mí me ha mirado
la Loromachaco! ¿Y ahora qué hago, ah? -Le dije.
-No doctor, no, si le hubiera mirado ya estaría mal, no pasa
nada, es sólo su imaginación.
Me tranquilicé con la explicación; pero
sabía que me había mirado y que no era mentira, entonces me
consolé pensando: “¡Patrañas! Estos selváticos y sus
tradiciones…”. Finalmente cancelamos nuestras cuentas en el
Lodge y pagamos su dinero a Jacinto, despidiéndonos nos
fuimos al terminal de buses, aún faltaban dos horas para la
partida. Aprovechamos esas horas para comprar frutas y
productos de la zona para nuestras familias. Giacomo perdió
la cabeza comprando plátanos rojos, amarillos y los de
freír. Mientras llenaba un cajón nos decía: “¡Ahora van a
conocer cómo sabe el plátano al kión, es una delicia
muchachos, ya lo verán!”
Mientras hablaba, yo estaba embelesado comprando un cajón de
paltas verdes y un haciendo empaquetar un picuro, para hacer
un suculento asado en Cusco. Cristian estaba comprando
castañas y coca. Después de treinta minutos de agitadas
compras, hicimos empaquetar todo y lo embarcamos en el bus,
que ya empezaba a recibir la carga de los pasajeros que
viajarían a Cusco. Con las cosas bien empacadas fuimos al
único restaurante turístico del pueblo y comimos: Huevos de
tortuga fritos con arroz y un pedazo de Zúngaro al vapor.
Mientras saboreaba aquella delicia, Cristian sacó de su
maletín de mano los collares que compró en la comunidad, los
estuvimos viendo y bromeando, en cierto momento de la cena
me pidieron que les mostrara lo que yo había comprado.
Ya en el momento del café, saqué de mi maletín la pequeña
serpiente tallada en madera. Al colocarla sobre la mesa
parecía más grande que en la mañana, la mostré a Giacomo y
Cristian; la estábamos observando, cuando se acercó la dueña
del restaurante, una joven nativa bastante agraciada y muy
amable. Al mirar nuestras cosas nos dijo: “¡Qué bien que
hayan comprado artesanías!”
Giacomo, -siempre atento y enamorado de
las mujeres bonitas-, la abordó, en su último acto de
coquetería en el pueblo. Todo el viaje se había dedicado a
coquetear con cuanta mujer bonita hallamos en el camino.
Había coqueteado todo el tiempo con esta chica, ella lo notó
y astutamente se dedicó a provocarlo con su sensualidad;
como era casada, lo único que nos quedó fue mirarla. Ella se
acercó con tres vasos de jugo de cocona y nos dijo:
-Estos los invito yo para clientes tan
especiales.
-Niña... niña, yo podría ser tu padre -le dijo Giacomo
deshaciéndose en frases dulzonas, con aire de hombre
recorrido y galán experimentado-, he viajado por el mundo y
conocido a tanta gente, pero a nadie tan especial como tú...
La chica se reía pícaramente sabiendo
perfectamente que Giacomo, como buen italiano, era un Don
Juan, coquetear un rato no estaba nada mal. En el colmo del
atrevimiento el gordo se sentó a su lado y la tomó del
brazo. Agarrando con la mano izquierda a la serpiente de
madera, la miró y le dijo.
-Dinos preciosa. ¿Es una Boa, verdad?
-Amigo Giacomo, no es una Boa, es una Loromachaco, su mirada
es peor que su picadura. -Respondió la joven, tomando un
sorbo de jugo mientras se alejaba un poco del libidinoso
Giacomo, evitando que se propasara y terminara abrazándola.
En cuanto terminó de pronunciar estas palabras, se alejó con
un ligero, suave y coqueto: “disculpen caballeros...”
Mientras se alejaba con rumbo a la caja, yo no sabía si
mirarla a ella o mirar a la serpiente. Volví mi mirada a la
mesa y encontré a Cristian rascándose la cabeza y
diciéndonos:
-¡Vaya, qué situación! A mí me ha mirado
la Loromachaco.
-A mí también. -Dijo Giacomo.
-A mí también me ha mirado. -Añadí-, no pude evitarlo,
estaba justo frente a mí. Pero yo me siento bien, no me ha
pasado nada, como dijo Jacinto. Ustedes saben, los lugareños
siempre construyen mitos, es cosa de entenderlos.
Mientras hablaba como una máquina, en mi
mente se dibujaba, inmensa e infinita, la imagen del río
Madre de Dios, y de forma permanente la mirada aguda y
penetrante de la Loromachaco entreverada en la selva. Tuve
que abrir bien mis ojos y concentrarme en la mesa para no
seguir imaginando. Conversamos un rato más bebiendo el jugo
de cocona y papaya, observando a la serpiente y fumando
cigarrillos, hasta que finalmente, escuchamos la bocina del
bus, anunciando su partida. La jovencita del restaurante
salió con una bolsa de pacaes que me alcanzó:
-Gracias por todo, llévense fruta para el
camino.
-Claro que sí y hasta pronto. -Le agradecí.
Me alejé de ella, mirándola ilusionado.
Por un momento me sentí nuevamente un jovencito. Se acercó a
Giacomo, le dio un beso en la mejilla y le dijo: “Chao
Giacomo…” Y se internó en su restaurante. Una vez más se
detuvo en la puerta, estaba vestida con un short celeste y
un polo blanco, parecía la juventud y la ilusión encarnada
en ese cuerpo de mujer, nos batió la mano, nosotros hicimos
lo mismo. Al subir al bus y sentarnos, Giacomo estaba
azorado y agitado, pasando la palma de su mano por la
mejilla donde había recibido el beso. Cristian rompió en
carcajadas y le dijo:
-¡Vamos Giacomo, ya fue, vuelve en ti hombre, parece que te
hubiera picado la Loromachaco!
-¡jajajajaja!” -Nos reímos varios pasajeros que estábamos
sentados alrededor.
El bus partió y el pobre Giacomo se quedó con el corazón
roto y la cara pegada a la ventana mirando hacia el
restaurante. El bus se internó en la oscuridad y la
inmensidad de la selva, con rumbo de regreso a Cusco.
El cansancio hizo presa de nuestros
cuerpos y mentes. Nos dedicamos a tratar de pasar la noche
de la mejor manera posible. Aparentemente Giacomo y Cristian
estaban dormidos, yo no pude dormir, así que me puse a mirar
la selva, alumbrada por la Luna llena, parecía un paisaje
hecho de hojas de plata, la interminable vegetación parecía
infinita, los ruidos de los insectos y animales le daban un
aire de vida y misterio, el ruido de los ríos era como un
marco de fuerza vital. Sin darme cuenta habíamos viajado
aproximadamente tres de las doce horas que duraría el viaje.
Aún estábamos en plena selva, cuando me sumí en un estado de
sopor, entre la vigilia y el sueño, estaba a la vez
despierto y dormido, se confundían en mi mente los paisajes
reales de la selva nocturna y los de mi mente, sentía que el
envase de metal que era el bus, era la única protección que
teníamos en aquella circunstancia, y en verdad lo era. ¿Qué
haría un hombre citadino perdido en la espesa selva?
Dormitando noté que el bus se acercaba a
una curva. ¡Sentí que se estaba dirigiendo violentamente al
abismo! Desperté sobresaltado, sudando, me agarré del
barandal, estaba a punto de gritar por la inminencia de una
caída al abismo; pero me di cuenta que estábamos en una
recta, había sido una pesadilla. Quise mantenerme despierto
para no dormir, pero no lo logré. Me hundía y salía una y
otra vez de mi estado de sopor. En cierto momento vi que un
grupo de salvajes armados con flechas, gritando amenazas se
acercaban al bus; volví a despertar sobresaltado a punto de
gritar, pero nuevamente me di cuenta que era una pesadilla.
Después de varios episodios de dormir y despertar
sobresaltado, Cristian me tomó por el hombro y me dijo:
-¿Estás bien Salvador?
-Sí Cristian gracias, son malos sueños. -Respondí.
Traté de mantenerme despierto pero no lo
logré y continué con mis pesadillas; veía abrirse caminos de
luz en medio de la oscuridad, vi acercarse al bus a un
gigantesco Jaguar; vi ingresar a un grupo de oropéndolas.
Obviamente estaba impresionado y la falta de comodidad
estaba provocándome pesadillas. En algún momento de la
noche, el bus se detuvo un buen rato y bajamos para estirar
las piernas, mientras los efectivos de la Policía Antidrogas
requisaban la coca que pretendían transportar los
campesinos, rumbo a Cusco.
-Has tenido pesadillas Salvador, ¿deseas
un tranquilizante? -Me preguntó Cristian.
-Gracias muchacho, no creo que sea necesario. -Contesté.
Al embarcarnos nuevamente, no pude volver
a dormir, pues el bus ya estaba llegando a Paucartambo y con
ello a la serranía, atrás habían quedado las espesuras de la
selva. En Paucartambo bajamos un momento a tomar un café y
fumar un cigarrillo en medio de la noche fría. Poco tiempo
después amaneció y el viaje continuó, lento y pesado.
Finalmente llegamos a Cusco, hechos pedazos, sucios y
cansados, pero felices.
***
Los días siguientes hablamos animadamente
de nuestra aventura en la selva. Bromeábamos sobre la mirada
de la Loromachacho, la belleza de la jovencita del
restaurante y disfrutamos de la delicia exótica del plátano
al kión. Pocos días después, Cristian y Giacomo regresaron a
Lima para continuar con sus vidas.
Coloqué la serpiente de madera a un lado
del televisor, estuvo allí por varios días, cada mañana al
acercarme la encontraba más amenazadora y real que nunca. A
la segunda semana de su estadía en mi casa, resonaba en mi
mente la idea de volver a la comunidad campesina Santa Rosa
de Huacaria. Todo el día lo pasaba obsesionado con la idea.
Recibí un e-mail de Giacomo que me contaba que estaba en
fuertes problemas con su esposa y que estaba pensando
seriamente en separase de ella y volver a Cusco para buscar
a la jovencita del restaurante. Hablando por teléfono le
dije:
-¡Por favor Giacomo! Tu esposa es la mujer más buena del
mundo, tienes dos hijas. Esa chiquilla es sólo una ilusión,
es casada y no la conoces, no sabes nada de ella. ¡Por
favor!
-¡Voy a viajar al siguiente mes, todo el día pienso en ella,
me ayudarás si eres mi amigo! -Respondió.
Yo también estaba obsesionado con la idea de volver a la
comunidad Santa Rosa de Huacaria, temía cada día más a la
serpiente de madera, cada día me miraba con más agresividad.
Varias noches tuve pesadillas con la selva, similares a las
que tuve en el bus, pero no quería admitirlo. Todos los días
al amanecer, después de un sueño pesado, me consolaba
pensando que estaba impresionado, que no pasaba nada. Mi
mente racional, formada dentro de los paradigmas de la
ciencia, no deseaba admitir que algo extraño estaba pasando
conmigo. Con el paso de los días recibí varios e-mails de
Giacomo, estaba dispuesto a regresar. Una mañana me llamó
Anita, su esposa y me dijo: “¡Salvador estoy desesperada!
Giacomo está como un loco obsesionado, ahora ya no sólo
habla de esa chiquilla, sino que ha decidido vender todo lo
nuestro e ir allá, a la selva e instalarse. Háblale tú, por
favor, yo sé que se le va a pasar. ¡Sólo espero que no haga
una locura! Estoy segura que no es con Giacomo con quien
hablo, algo le ha sucedido en la selva, está trastornado.
¿Han tomado Ayahuasca o algo así?”
Ese mismo día recibí la llamada de la madre de Cristian,
quien me comunicó en tono preocupado que el jovencito estaba
enfermo desde su llegada, había ingresado en un periodo
depresivo, no quería asistir a la universidad y se había
dedicado a la vida nocturna. Llamé a Cristian y hablé con
él. Con su característica sinceridad me dijo: “No sé qué
pensar, creo que me ha afectado la mirada de la Loromachaco,
salgo todas las noches porque no puedo dormir, me imagino
que la serpiente está entrando a mi habitación, a morderme y
mirarme, tengo miedo y me voy a la calle sin poder evitarlo,
mi mamá no me entiende, no puedo ir a la universidad en esta
situación, tenemos que hacer algo, no sé, de repente lo
mejor sería volver a la selva y buscar una curación”.
Ese día regresé caminando, viendo en mi mente la expresión
aterradora de la Loromachaco y escuchando la resonancia de
la frase: “Tenemos que volver a Santa Rosa de Huacaria”
Entré a mi casa más preocupado que nunca, sin poder pensar
en otra cosa más que en la comunidad. Vi a la serpiente de
madera, parecía más agresiva que antes, “sólo falta que me
salte”, pensé. Aunque obviamente seguía siendo la misma
serpiente de madera. Ya llevaba varios días masticando la
idea de lanzarla a la basura, quemarla, romperla o lo que
sea; pero algo me lo impedía, después de todo era una obra
de arte, con una mano de barniz quedaría impresionante.
No la toqué, me refugié nuevamente en mis autoengaños
mentales y así pasé otro día más. Pasé la noche pensando en
los aspectos serpentinos de la vida. Quedé dormido pensando
obsesivamente en serpientes.
Al día siguiente me di cuenta que estaba enfermo y
obsesionado. Decidí llevar la serpiente al taller para que
el maestro artesano le dé una capa de barniz y la ponga en
una caja de cristal. Decidí que si se me presentaba una
oportunidad adecuada, la lanzaría a la basura o a donde
fuera, pero eso lo decidirían las circunstancias. Estaba
igualmente resuelto a llevarla al artesano y quedarme con
ella, o botarla y terminar de una vez por todas con ésa
maligna pieza de madera.
Salí esa mañana, estaba caminando rumbo al artesano, cuando
de pronto vi el camión de la basura a unas tres cuadras. Ni
bien lo vi, supe lo que debería hacer, así que emprendí una
loca carrera tras el carro de la basura. Cuando llegué
agitado, el carro comenzaba a compactar los residuos del
vecindario. Me acerqué y miré cómo la mandíbula de metal que
tienen los camiones de la basura, trituraba los residuos;
tomé con fuerza a la serpiente y la lancé justo al medio de
la mandíbula de metal, alcancé a ver cómo era triturada y
escuché el ruido seco que hace la madera al romperse.
En cuanto me deshice de la serpiente, sentí como si me
hubiera quitado un peso de encima. De manera intuitiva tuve
la sensación que todo el problema había terminado. Regresé
fatigado a casa, al ingresar lo primero que hice fue lavarme
las manos, como si hubiera arrojado a una serpiente
verdadera. Turbado dormí toda la mañana, soñando nuevamente
con formas serpentinas y hallando razones para explicar la
vida a través de tal lógica. Al medio día desperté para
almorzar y tomar un poco de sol. Me di cuenta que ya no
estaba obsesionado con el deseo de volver a la comunidad y
que mi mente se había liberado de las ideas serpentinas.
Por la noche decidí llamar a Giacomo. Había insistido tanto
en la idea de volver a ver a la jovencita del restaurante,
que al hablar con él, le pregunté:
-Giacomo, ¿cuándo viajamos a la selva?
-No, no, tengo mucho trabajo, no sé, se me ha pasado, tengo
un deseo inmenso de trabajar, me siento renovado, ya no
pienso más en la selvática. Estaba loco, recién hoy me he
dado cuenta. -Me dijo mientras reíamos.
En la noche llamé a Cristian para darle la buena noticia de
que Giacomo ya se sentía bien y para saber cómo se
encontraba.
-No sé lo que me pasó, creo que fue la mirada de la
Loromachaco lo que me afectó, pero ahora me siento como
nuevo, desde hoy al medio día no siento nada más, he vuelto
en mí, es como si me hubieran quitado un peso de encima. –Me
dijo el jovencito con expresión de tranquilidad y alivio.
-Te entiendo Cristian, te entiendo, más de lo que tú crees.
-Le contesté.
Antes de despedirse me hizo un pedido.
-¿Sabes? Creo que deberías regalarme esa serpiente de
madera. ¡Vamos hombre! Mándamela como recuerdo del viaje y
de la mirada de la Loromachaco. ¿Me la enviarás verdad?
-Ni loco Cristian. ¡Ni lo sueñes muchacho! -Contesté para
luego colgar el teléfono.
FIN
ESCRITO EN CUSCO. 2002. - Autor: David Concha Romaña

José Luís Morales Sierra. "Tentación"
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